lunes, 30 de abril de 2012

El eclipse. MICHELANGELO ANTONIONI, 1962. Italia (8)

LA PERSISTENCIA DEL ECLIPSE (8). Acrílico y cartón pluma, sobre tabla entelada. 27cm X 19 cm. 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulos 44 y 102

Julio Sosa. La gayola.

…y hasta prefería que Horacio se arrimara a compartir unos mates, porque entonces empezaban inmediatamente a jugar un juego cifrado que apenas comprendían pero que había que jugar para que el tiempo pasara y los tres se sintieran dignos los unos de los otros. También leían, porque de una juventud coincidentemente socialista, y un poco teosófica por el lado de Traveler, los tres amaban cada uno a su manera la lectura comentada, las polémicas por el gusto hispanoargentino de querer convencer y no aceptar jamás la opinión contraria, y las posibilidades innegables de reírse como locos y sentirse por encima de la humanidad doliente so pretexto de ayudarla a salir de su mierdosa situación contemporánea.

Una pasada, otra, Traveler en camiseta y pantalón de piyama silbaba prolongadamente La gayola y después proclamaba a gritos: <<¡Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor!>>



Pugliese & Miguel Montero. Qué te pasa Buenos Aires.

Mi mano, ratita, está también marcada para las doce de la mañana. Entre tanto vivamos y dejemos vivir.

Mirá, no es que yo ande buscando que me caiga un refusilo en la cabeza, pero siento que no debo defenderme con un pararrayos, que tengo que salir con la cabeza al aire hasta que sean las doce de algún día.



Richard Wagner. Lohengrin; marcha nupcial.

… parecería que cuando él se junta con nosotros hay paredes que se caen, montones de cosas que se van al quinto demonio, y de golpe el cielo se pone fabulosamente hermoso, las estrellas se meten en esa panera, uno podría pelarlas y comérselas, ese pato es propiamente el cisne de Lohengrin, y detrás, detrás...

domingo, 29 de abril de 2012

El eclipse. MICHELANGELO ANTONIONI, 1962. Italia (7)

LA PERSISTENCIA DEL ECLIPSE (7). Acrílico y cartón pluma, sobre tabla entelada. 27cm X 19 cm. 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 125

Edgard Varèse. Tuning Up.

La flecha va de la mano al blanco: no hay mitad de camino, no hay siglo XX entre el X y el XXX.

¿Qué se busca? ¿Qué se busca? Repetirlo quince mil veces, como martillazos en la pared. ¿Qué se busca?

sábado, 28 de abril de 2012

Contra/acciones 2. Julio Cortázar vs Bibi Anderson a ojos de París

El segundo ensayo fue en el cine Celtic y mucho más perfeccionado, es decir que Marcos himself y un tal Gómez, de Panamá y filatelista, pegaron los alaridos sin levantarse de las plateas, Marcos en la mitad de la publicidad, justo entre el NUTS y el KUNTZ, y Gómez en esa parte en que Bibi Anderson se acuesta boca abajo en una cama de sábanas negras y salen como rugidos de diferentes partes de un cine principalmente concurrido por jóvenes becarios (...)


(...) sin moverse de sus asientos soltaron el alarido y no hubo nada que hacer, un tipo le quiso pegar a Gómez aunque después se disculpó diciendo que había querido cortarle el ataque con uno de esos bifes de ida y vuelta recomendados en los libros de psiquiatría cuando la papas queman y el enfermo mental se ha metido varios pedazos de vidrio en la boca para autocastigarse y de paso manchar la reputación del doc. 


Imposible hacerles nada en serio, che, sobre todo a Marcos que se había quedado muy quieto después del alarido, y más de cuatro señoras que primero se habían puesto rojas para pasar casi inmediatamente al color complementario que presagia las peores tormentas, terminaron por convenir entre murmullos interfamiliares que el pobre muchacho debía padecer de aunque cuando lo de Gómez ya nadie se tragaba la morcilla y hubo conato de desplateización y revolteo hacia la calle, pero las tinieblas protegen y también Bibi Anderson al fin desnuda, si se han garpado ocho francos para ver eso no te lo vas a perder por culpa de un plantado más o menos, salvo que (...)


LIBRO DE MANUEL. Julio Cortázar.

Sonidos de Rayuela. Capítulo 43

The Horace Silver Quintet. Finger Poppin'.

En el circo se estaba perfectamente, una estafa de lenjetuelas y música rabiosa y un gato calculista…



Nino Rota. 8 y 1/2 + Circus

A la hora del gato calculista, se asomaban siempre a verlo trabajar porque ese animal era absolutamente inexplicable, ya dos veces había resuelto una multiplicación antes de que funcionara el truco de la valeriana. Traveler estaba estupefacto, y pedía a los íntimos que lo vigilaran. Pero esa noche el gato estaba hecho un estúpido, apenas si le salían las sumas hasta veinticinco, era trágico.

viernes, 27 de abril de 2012

Contra/acciones I. Cortázar vs Brigitte Bardot a ojos de París

Imaginate solamente que estamos en un cine de barrio a las diez de la noche, la familia fue a ver a Brigitte Bardot prohibida menores dieciocho años -ESQUIMAUX GERVAIS DEMANDEZ LES ESQUIMAUX GERVAIS DEMANDEZ LES ESQUIMAUX- la familia y otra familia y todas las familias después de un santo día de noble trabajo, noble y santo, sí señor, el trabajo dignifica, tu papá empezó a los quince años, aprendan haraganes, tu madre

tu madre es una pu                                           rísima señora
que tiene la con                                                 ciencia
llena de pen                                                       samientos

y tía Hilaria tan sacrificada y el abuelito Víctor con sus piernas, él que sostenía a toda una familia repartiendo carbón de las siete a las siete, el barrio, ese magma asqueroso de París, esa mezcla de fuerza y basura moral, eso que no es el pueblo aunque vaya a saber lo que es el pueblo pero ahora el barrio, las familias en el cine, los que votaron por Pompidou porque ya no podían seguir votando por De Gaulle


 —Un momento —dice Andrés—, qué es eso del pueblo y la familia, o la familia que no es el  pueblo, o el barrio que como es las familias no es el pueblo, no jodas, che.
 —No te das cuenta —dice Marcos— que estoy tratando de hacerte un tachismo o manchismo instantáneo de la atmósfera del cine Cambronne, por ejemplo, o del Saint-Lambert, esas salas contagiadas por medio siglo de puerros y ropa sudada, esos santuarios donde Brigitte Bardot se baja el slip para que la sala le vea justo lo que el artículo 465 permite por una fracción de tiempo fijada por el artículo 467, y que toda contestación tiene que empezar por la base si va a servir para alguna cosa, en mayo fue la calle o la Sorbona o Renault pero ahora los compañeros se han dado cuenta de que hay que contestar como quien cambia de guardia entre el cuarto y el quinto round y entonces el contendiente se manifiesta desconcertado, dice el cronista. 


Y entonces justo cuando la Brigitte comienza a convertir la pantalla en uno de los momentos estelares de la humanidad, o más bien en dos y qué dos, che, eso no se impugna ni contesta de ninguna manera pero desgraciadamente hay que aprovechar el estado de rapto, de arrobo si me seguís, para que el anticlimax sea más positivo, en ese momento justo Patricio se levanta y produce un espantoso alarido que dura y dura y dura y qué pasa, luces, hay un loco, llamen a la policía, es un epiléptico, está en la fila doce, un extranjero, seguro que es un negro, dónde está, yo creo que era ése pero como se sentó de nuevo a lo mejor, sí, no ve que tiene el pelo enrulado, un argelino, y usted por qué se puso a gritar.

—¿Yo? —dijo Patricio.

 —Sí, usted —dijo la acomodadora bajando la linterna porque ya el público más alejado se perdía en los espacios intercostales de Bardot desnuda y nada alterada por lo ocurrido, y los espectadores contiguos al lugar y al causante del hecho luchaban con una comprensible indecisión entre seguir la protesta por el escandaloso proceder del forajido o no perderse ni un centímetro de esos sedosos muslos semientornados en una cama de hotel de lujo en la floresta de Rambouillet adonde un tal Thomas se la había llevado con objeto de hacerla suya antes de la hora del menú gastronómico siempre previsto en esa clase de aventuras de los ricos, por todo lo cual la linterna de la acomodadora empezaba a escorchar a todo el mundo sin contar a Patricio, y la acomodadora la bajaba lo más posible y el haz de luz se aplastaba en plena bragueta de Patricio que parecía encontrar la cosa de lo más natural, como lo prueba que

 —A veces me pasa —dijo Patricio.


 —¿Cómo que le pasa?
SHSHH!!!
 —Quiero decir que no me puedo contener, es algo que me viene así y entonces.
(ah ma chérie ma chérie)
 —Entonces haga el favor de salir de la sala.
SHHH!!!!!
 —Ah merde —dijo la acomodadora—. primero me llaman y ahora resulta que no me dejan intervenir, esto no va a quedar así, ah no, qué se piensan, lo único que faltaba
(J'ai faim, Thomas)
 —¿Por qué voy a salir del cine? —dijo Patricio en voz muy baja y sin molestar a nadie fuera de la acomodadora pero esto último en una proporción geométrica convulsiva—. Es como un hipo, solamente que más fuerte.
 —LA PAIX!
—A POIL!
 —¿Un hipo? —bramó la acomodadora apagando la linterna—. Espere a que llame a la policía y vamos a ver qué clase de hipo, ça alors.
SHH!!!!
 —Haga lo que quiera —dijo Patricio ssiempreenunsssusssurrrro— pero no es culpa mía, tengo un certificado.




LIBRO DE MANUEL. Julio Cortázar.

jueves, 26 de abril de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 75

Art Tatum. Begin the beguine.

En Buenos Aires, capital del miedo, volvía a sentirse rodeado por ese discreto allanamiento de aristas que se da en llamar buen sentido…

Sonidos de Rayuela. Capítulos 148 y 42

Dinu Lipatti. Concertino en style classique, Op.3. II. Adagio molto.

Entre tanto había muerto en Europa, a los treinta y tres años de edad, Dinu Lipatti. Del trabajo y de Dinu Lipatti fueron hablando hasta la esquina, porque a Talita le parecía que también era bueno acumular pruebas tangibles de la inexistencia de Dios o por lo menos de su incurable frivolidad. Les había propuesto comprar inmediatamente un disco de Lipatti y entrar en lo de don Crespo para escucharlo, pero Traveler y Oliveira querían tomarse una cerveza en el café de la esquina y hablar del circo, ahora que eran colegas y estaban satisfechísimos.

Magia y mundo tangible, había un dios egipcio que armonizaba verbalmente los sujetos y los objetos. Todo iba realmente muy bien.

miércoles, 25 de abril de 2012

Fritz Lang soñado por Andrés Fava imaginado por Julio Cortázar

No eran trenes sino un cine, y lo que había ocurrido ahí, contarlo rápido, una necesidad casi dolorosa de fijarlo con palabras aunque como de costumbre ya no quedara más que una mascarilla de yeso sobre algo tan vivo, la antimateria de eso que se alejaba vertiginosamente para no dejar más que jirones y quizá mentiras, soñé que iba al cine con un amigo, Lud, no sé quién, nunca le vi la cara, a ver un film de misterio de Fritz Lang... 




El cine era una enorme sala completamente insensata que he soñado otras veces, te he hablado de ella, creo, hay dos pantallas en ángulo recto, de manera que te podes sentar en diferentes sectores de la platea y elegir una de las pantallas porque los sectores están entrecruzados vaya a saber cómo, las butacas se alternan también en ángulo recto o algo por el estilo, reíte de Alvar Aalto, y yo busco interminablemente un lugar desde donde pueda ver bien el tríler pero estoy demasiado lejos o algo se interpone entre la pantalla y mis ojos; entonces me levanto por segunda vez y dejo de ver a mi amigo, quién demonios habrá sido ése, imposible acordarme. 




Ahora empieza la película, es una escena en un tribunal, hay una mujer con cara de tarada, al estilo de Elsa Lanchester, te acordás, que grita cosas desde el banquillo de los acusados o de los testigos, estoy demasiado de costado y trato de encontrar otra butaca, en ese momento se me acerca un camarero, tipo joven de bigote convencional estilo bar del Hilton, con saquito blanco, y me invita a seguirlo. Le digo que quiero ver el film (sé que menciono el título, algo donde quizá hay la palabra medianoche), entonces el camarero hace un gesto de enojo o de impaciencia, me muestra imperativamente una salida; comprendo que tengo que seguirlo. Mientras andamos por una sala tras otra, que también he soñado montones de veces, como una especie de club privado, el camarero se excusa por su rudeza. «Tenía que hacerlo, señor, hay un cubano que quiere verlo», y me lleva hasta la entrada de un salón casi a oscuras.






-Halt -mandó el doctor Jung-, lo del cubano es elemental: los alaridos, la contestación, todo lo de anoche, la mala conciencia que tenemos en esta casa, bah.

-Déjame seguir, Lud, esto se me va de entre las cejas, aquí viene lo más difícil de explicar, de ir encajando en los moldecitos de la maldita colmena verbal. Es algo así, saber que estoy perdiéndome el film de misterio que tanto quería ver, y a la vez y por eso mismo me voy metiendo yo mismo en el (o en un) misterio. El camarero se detiene y me muestra, increíble cómo lo sigo viendo, Lud, me muestra en la penumbra del salón un bulto en un sofá; se distinguen apenas las piernas estiradas del hombre que quiere hablarme. Entro solo al salón y voy hacia el cubano. 


Y ahora espera, espera, esto es lo increíble porque sé con toda nitidez que no he olvidado ninguna escena de esta parte, sino que la escena se corta cuando me acerco al hombre que me espera, y lo que sigue es el momento en que vuelvo a salir del salón después de haber hablado con el cubano. Un perfecto montaje de cine, te das cuenta. Hay algo absolutamente seguro y es que he hablado con él, pero no hubo escena, no es que lo haya olvidado, vieja, hubo un corte y en ese corte pasó algo, y cuando salgo soy un hombre que tiene una misión que cumplir, pero mientras lo estoy sabiendo y sobre todo sintiendo, sé también que no tengo la menor idea de cuál es esa misión, perdóname, lo digo como puedo, vos comprendes que no tengo ninguna conciencia de esa entrevista, la escena se cortó justo al acercarme al sillón, pero al mismo tiempo sé que tengo algo que hacer sin pérdida de tiempo, o sea que al volver a la sala del cine estoy actuando a la vez como por dentro y por fuera del film de Fritz Lang o de cualquier film de misterio, soy simultáneamente el film y el espectador del film. 


Fíjate, Lud, esto es lo más hermoso (exasperante para mí pero hermoso si lo miras como un ejemplo de sueño), no hay duda de que sé lo que me dijo el cubano puesto que tengo una tarea que cumplir, y al mismo tiempo me veo a mí mismo con la curiosidad y el interés del que está en pleno suspenso del tríler puesto que ya no sé lo que me dijo el cubano. Soy doble, alguien que fue al cine y alguien que está metido en un lío típicamente cinematográfico. Pero esto de doble lo digo despierto, no había ninguna dobledad en el sueño, yo era yo y el de siempre, tengo una perfecta percepción de que mientras volvía a la sala sentía el bloque total de 'todo eso que ahora estoy segmentando para poder explicarlo aunque sea en parte. Un poco como si sólo gracias a esa acción que debería cumplir pudiera llegar a saber lo que me dijo el cubano, una inversión de la causalidad completamente absurda como te das cuenta. Hay la mecánica del tríller pero yo voy a cumplirla y a gozarla al mismo tiempo, la novela policial que escribo y que vivo al mismo tiempo. Y justo en ese momento me despertó la maldita postal de Heredia, brasileño del carajo.



Andrés empezó a contarle 'detalladamente el sueño, Fritz Lang entró en el bar con su panza teutona, el camarero y el cubano y el amigo no identificable se fueron sentando con ellos, durando como en el cine hasta la última bobina, acompañándolos de cerca y de lejos, con ese estar y no estar de toda imagen, ya ves que tenía razón, que las epifanías ocurren hoy entre moscas y sbornias y puchos mal apagados, esta noche a cada San Martín le llega su chancho. No me mirés así, te lo voy a explicar cartesianamente, no se puede pretender que tus diplomas alcancen para tanto, chiquita.

"Libro de Manuel" Julio cortázar

martes, 24 de abril de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 41

Invierno porteño. Astor Piazzola.

Los Traveler dormían mucho de día, no tanto por el cansancio del circo sino por un principio de fiaca que Oliveira respetaba.



Aníbal Troilo/Edmundo Rivero. Sur.

…aunque estuviera convencido de que a la Argentina había que agarrarla por el lado de la vergüenza, buscarle el rubor escondido por un siglo de usurpaciones de todo género como tan bien explicaban sus ensayistas, y para eso lo mejor era demostrarle de alguna manera que no se la podía tomar en serio como pretendía.





Alberto Castillo. La canción de Buenos Aires.

Fue a buscar el diccionario de la Real Academia Española. En cuya tapa la palabra Real había sido encarnizadamente destruida a golpes de gillete, lo abrió al azar y preparó para Manú el siguiente juego en el cementerio…




Francisco Canaro. Cambalache.

Yo realmente no sé qué vamos a hacer, este tablón empieza a pesar demasiado, ya sabés que el peso es una cosa relativa. Cuando lo trajimos era livianísimo, claro que no le daba el sol como ahora.




Sonny Rollins. The old devil moon.

"Pretender que uno es el centro", pensó Oliveira, apoyándose más cómodamente en el tablón. "Pero es incalculablemente idiota. Un centro tan ilusorio como lo sería pretender la ubicuidad. No hay centro, hay una especie de confluencia continua, de ondulación de la materia”.




Paul Whiteman. My blue heaven

-Las ventanas son los ojos de la ciudad -dijo Traveler- y naturalmente deforman todo lo que miran. Ahora estás en un punto de gran pureza, y quizá ves las cosas como una paloma o un caballo que no saben que tienen ojos.





Oscar Peterson. She has gone

"Ya me han juzgado", pensó Talita. "Ahora no tengo más que caerme y ellos seguirán con el circo, con la vida."




Carlos Gardel. Cantar eterno

-Yo no lloro -dijo Talita-. Casi nunca lloro, te juro. Lloran las gentes como Gekrepten, que está subiendo por la escalera llena de paquetes. Yo soy como el ave cisne, que canta cuando se muere -dijo Talita-. Estaba en un disco de Gardel.

Los dos saben hablar tan bien del café con leche y del mate, y uno acaba por darse cuenta de que el café con leche y el mate, en realidad...




Franz Von Suppé. La carga de la caballería ligera.

La chica de los mandados se puso un dedo en la sien y lo hizo girar. Gekrepten agarró el sombrero con las dos manos y entró en el zaguán. Los chicos se pusieron en fila y empezaron a cantar, con música de "Caballería ligera" 
Lo corrieron de atrás, lo corrieron de atrás, 
le metieron un palo en el cúúúlo. 
¡Pobre señor!¡Pobre señor!
No se lo pudo sacar. (Bis)

Sonidos de Rayuela. Capítulo 59

György Ligeti. Coloana Infinita.

Entonces, para pasar el tiempo, se pescan peces no comestibles.

lunes, 23 de abril de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 40

Julio de Caro. Mala Junta.

Sólo las cosas simples y un poco viejas lo hacían sonreír: el mate, los discos de De Caro, a veces el puerto por la tarde.

Talita acabó por entender que a Oliveira le deba exactamente lo mismo estar en Buenos Aires que en Bucarest, y que en realidad no había vuelto sino que lo habían traído.



Carlos Gardel. Melodías de arrabal.

Traveler se acordaba del Oliveira de los veinte años y le dolía el corazón, aunque a lo mejor eran los gases de la cerveza.

A propósito, manda decir la señora de Gatusso que si no le devolvés la antología de Gardel te va a rajar una maceta en el cráneo -informó Talita.


Juan Cedrón. Veredas de Buenos Aires

A la nochecita, antes de constituirse en el empleo, los Traveler bajaban a tomar mate con don Crespo, y Oliveira caía también y escuchaban discos viejos en un aparato que andaba por milagro, que es como deben escucharse los discos viejos.

Era la mejor manera de hacer rabiar a Traveler, nómade fracasado. En vez de insistir, templaba su horrible guitarra de Casa América y empezaba con los tangos.

domingo, 22 de abril de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 78

Edmundo Rivero. Cafetín de Buenos Aires

Y ahí, a los veinte años, dijimos nuestra palabra más lúcida, supimos de nuestros afectos más profundos, fuimos como dioses del medio litro cristal y del cubano seco. Cielito del café, cielito lindo. La calle, después, era como una expulsión…




Anibal Troilo. Quejas de Bandoneón.

… esa chica se ha estado informando de mis derrotas ultramarinas, y entre tanto tejía y destejía el mismo pulóver violeta esperando a su Odiseo.

A ver si de nuevo sembrás la confusión en las filas, si te aparecés para estropearles la vida a gentes tranquilas…

sábado, 21 de abril de 2012

El eclipse. MICHELANGELO ANTONIONI, 1962. Italia (6)

LA PERSISTENCIA DEL ECLIPSE (6). Acrílico, sobre tabla entelada. 27cm X 19 cm. 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 86

Anton von Webern. Quartet for violin, clarinet, tenor sax and piano, op 22.

Clasificamos en sí y no, en positivo y negativo (…). Lo único que prueba mi lenguaje es la lentitud de una visión del mundo limitada a lo binario.

viernes, 20 de abril de 2012

El eclipse. MICHELANGELO ANTONIONI, 1962. Italia (5)

LA PERSISTENCIA DEL ECLIPSE (5). Acrílico sobre tabla entelada. 27cm X 19 cm.  2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 39

Aníbal Troilo. Tu diagnóstico. 

Antes de desembarcar en la mamá patria, Oliveira había decidido que todo lo pasado no era pasado y que solamente una falacia mental como tantas otras podía permitir el fácil expediente de imaginar un futuro abonado por los juegos ya jugados.

Con una valija en la mano, enderezó para el lado de una parrilla del puerto, donde una noche alquien medio curda le había contado anécdotas del payador Betinoti, y de cómo cantaba aquel vals: Mi diagnóstico es sencillo:  Sé que no tengo remedio. La idea de la palabra diagnóstico metida en un vals le había parecido irresistible a Oliveira, pero ahora se repetía los versos con un aire sentencioso.

Sonidos de Rayuela. Capítulo 38

Carlos Gardel. Volver.

-Para hablar tanto de los cafés no valía la pena que cruzaras el charco.
-A buen entendedor -dijo Oliveira, cortando con muchas precauciones una tira de chinchulines-. Esto sí que no lo tenés en la Ciudad Luz, che. La de argentinos que me lo han dicho. Lloran por el bife, y hasta conocí a una señora que se acordaba con nostalgia del vino criollo. Según ella el vino francés no se presta para tomarlo con soda.

jueves, 19 de abril de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 98

Gesualdo da Venosa. Ardo Per Te, Mio Bene.

Y así es cómo los que nos iluminan son los ciegos…

Sonidos de Rayuela. Capítulo 37

1. Carlos Gardel. Mi buenos Aires querido.

Una cosa había que reconocer y era que, a diferencia de casi todos sus amigos, Traveler no le echaba la culpa a la vida o a la suerte por no haber podido viajar a gusto. Simplemente se bebía una ginebra de un trago, y se trataba a sí mismo de cretinacho.

Las bellas palabras extranjeras son como oasis, como escalas. ¿Nunca iremos a Costa Rica? ¿A Panamá, donde antaño los galeones imperiales…? ¡Gardel murió en Colombia, Dire, en Colombia!



2. Astor Piazzolla, Roberto Goyeneche. Vuelvo Al Sur.

Pero de a ratos se quedaban tristes y comprendían vagamente que una vez más se habían divertido como recurso extremo contra la melancolía porteña y una vida sin demasiado (¿Qué agregar a "demasiado"?).



3. Alfredo de Angelis. Del pasado.

Es una comprensión irónica, tierna, como lejana. Su amor por Traveler está hecho de cacerolas sucias, de largas vigilias, de una suave aceptación de sus fantasías nostálgicas y su gusto por los tangos y el truco.



4. Marilyn Monroe. When love goes wrong nothing goes right.

A veces Traveler hace alusiones a un doble que tiene más suerte que él, y a Talita, no sabe por qué, no le gusta eso, lo abraza y lo besa inquieta, hace todo lo que puede para arrancarlo a esas ideas. Entonces se lo lleva a ver a Marilyn Monroe, gran favorita de Traveler, y-tasca-el-freno de unos celos puramente artísticos en la oscuridad del cine Presidente Roca.

miércoles, 18 de abril de 2012

martes, 17 de abril de 2012

Sonidos de Rayuela. ÍNDICE Del lado de allá

DEL LADO DE ALLÁ


Sonidos de Rayuela. Toda la banda sonora musical de Rayuela de Julio Cortázar, capítulo a capítulo.

Sonidos de Rayuela. Capítulo 36

1.      Richard Wagner. Tristán e Isolda. Preludio.

Por una vez no le era penoso ceder a la melancolía.

Y entonces podía meter la cara entre las manos, dejando nada más que el espacio para que pasara el cigarrillo y quedarse junto al río, entre los vagabundos, pensando en su kibbutz.



2.      Kurt Schwitters. Ursonate.

En fin, había que irse, subir a la ciudad, tan cerca ahí a seis metros de altura, empezando exactamente al otro lado del pretil del Sena, detrás de las cajas RIP de latón donde las palomas dialogaban esponjándose a la espera del primer sol blando y sin fuerza, la pálida sémola de las ocho y media que baja de un cielo aplastado, que no baja porque seguramente iba a lloviznar como siempre.

Deseducación de los sentidos, abrir a fondo la boca y las narices y aceptar el peor de los olores, la mugre humana. Un minuto, dos, tres, cada vez más fácil como cualquier aprendizaje.


3.      Henri Decker. Les amoureux du Havre.

… y Emmanuèle se puso a cantar desgarradoramente Les Amants du Havre, una canción que cantaba la Maga cuando estaba triste, pero Emmanuèle la cantaba con un arrastre trágico, desentonando y olvidándose de las palabras mientras acariciaba a Oliveira que seguía pensando en que sólo el que espera podrá encontrar lo inesperado…

Se estaba poniendo sentimental, puisque la terre est ronde, mon amour, t'en fais pas con el vino y la voz pegajosa se estaba poniendo sentimental, todo acabaría en llanto y autoconmiseración…


4.      Alfredo de Angelis. Flores negras.

Pobrecito Horacio, anclado en París, cómo habrá cambiado tu calle Corrientes, Suipacha, Esmeralda, y el viejo arrabal.


5.      Robert Johnson. Kind hearted woman Blues.

Apretando el cigarrillo entre los labios hasta sentirlo casi como parte de la boca, Oliveira la escuchaba, la dejaba que se fuera apretando contra él, se repetía fríamente que no era mejor que ella y que en el peor de los casos siempre podría curarse como Heráclito…


6.      Yves Montand. Le temps des cérises.

Le tiraron encima a Emmanuèle, que cantaba algo parecido a Le temps des cérises. Los dejaron solos dentro del camión, y Oliveira se frotó el muslo que le dolía atrozmente, y unió su voz para cantar Le temps des cérises, si era eso. El camión arrancó como si lo largaran con una catapulta.
-Et tous nos amours -vociferó Emmanuèle. -Et tous nos amours -dijo Oliveira, tirándose en el banco y buscando un cigarrillo-. Esto, vieja, ni Heráclito.
-Tu me fais chier -dijo Emmanuèle, poniéndose a llorar a gritos-. Et tous nos amours -cantó entre los sollozos.

El camión frenó en una esquina y cuando Emmanuèle gritaba Quand il reviendra, le temps des cérises, uno de los policías abrió la ventanilla y les vaticinó que si no se callaban les iba a romper la cara a patadas.


7.     Osvaldo Pugliese. La rayuela.

La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo, (Et tous nos amours, sollozó Emmanuèle boca abajo), lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar.


8.     Karlheinz Stockhausen. Ave 22-29.

Todo estaba tan bien, todo llegaba a su hora, la rayuela y el calidoscopio, (…) eso no podía ser el mundo, la gente agarraba el calidoscopio por el mal lado, entonces había que darlo vuelta con ayuda de Emmanuèle y de Pola y de París y de la Maga y de Rocamadour, tirarse al suelo como Emmanuèle y desde ahí empezar a mirar desde la montaña de bosta, mirar el mundo a través del ojo del culo…