"Ventanas a lo insólito (Papeles inesperados)". JULIO CORTÁZAR
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lunes, 8 de octubre de 2012
Mozart frente a Julio Cortázar
Se tiende a pensar la fotografía como un documento o como una composición artística; ambas finalidades se confunden a veces en una sola: el documento es bello, o su valor estético contiene un valor histórico o cultural. Entre esa doble propuesta o intención se desliza algunas veces lo insólito como el gato que salta a un escenario en plena representación, o como aquel gorrioncito que una vez, cuando yo era joven, voló un rato sobre la cabeza de Yehudi Menuhin que tocaba Mozart en un teatro de Buenos Aires. (Después de todo no era tan insólito; Mozart es la prueba perfecta de que el hombre puede hacer alianza con el pájaro.)
"Ventanas a lo insólito (Papeles inesperados)". JULIO CORTÁZAR
"Ventanas a lo insólito (Papeles inesperados)". JULIO CORTÁZAR
sábado, 6 de octubre de 2012
Cortázar sin gomina para y desde Susana Rinaldi
Apenas llegué a Francia en 1951, descubrí el mercado de las pulgas y en uno de sus más extraños corredores, una tienda de viejos discos 78. Entre ellos, uno de nuestro gran cantor de tangos, Carlos Gardel, que compré de inmediato, sin tener siquiera un tocadiscos para escucharlo, tal era mi nostalgia. El vendedor, un viejo más bien jodón, miró el rótulo y meneó la cabeza. “Ah, sí, Gardel”, dijo con tono apreciativo. No pude contener mi alegría y le dije con orgullo que éramos compatriotas. Tras de lo cual, echando una mirada a mi pelo largo y despeinado, lanzó: “¿Argentino, usted? ¿Y la gomina?”.
Susana Rinaldi tampoco lleva pegoteado el pelo con esa especie de firma personal que nos ha dado una reputación entre halagadora y equívoca. Ha transcurrido medio siglo y nuestra manera de sentir y de interpretar el tango ha cambiado mucho. Pero si este cambio puede sorprender a los que siguen fieles a los orígenes de cualquier forma de arte (apoyados en la moda “retro” que remeda deliberadamente los aires 1920-1940), basta escuchar a Susana Rinaldi para descubrir que lo esencial permanece invariable y que el propio Gardel, muerto hace más de cuarenta años, sería el primero en admirar a la cantora más grande de nuestro tiempo.
"Para presentar a Susana Rinaldi (Papeles Inesperados)" JULIO CORTÁZAR
jueves, 4 de octubre de 2012
Schumann frente a Julio Cortázar
Asomarse a la música de Roberto Schumann es como asomarse a su alma. Esto, que resulta válido para con la mayoría de los románticos, adquiere en el caso del músico alemán una dolorosa profundidad. Dolorosa sí, pero cuán dulce y bella. Música escrita en momentos inefables, esos momentos que sólo los santos y los artistas viven. Esos momentos de total comprensión del universo cuando, ante la majestad de todo lo creado se descubre, asimismo, la lastimosa pequeñez de la vida humana. Schumann, obsesionado por la angustia de una existencia falta de equilibrio, presintiendo acaso la locura que habría de asirlo, como a Nietzsche, en sus últimos años, se vuelca hacia el mundo interior, un mundo que su espíritu y su arte crean, un mundo distinto del triste mundo que le revelan sus sentidos. Porque la música es como un cosmos que nos abarca a todos; esfera dentro de otra, contenida, sí, pero no confundida. Esfera que, por obra de genios como Schumann, nos llega ahora, brotando de un teclado, para acercarnos a su drama, a su belleza. Si existe un don divino del artista, ese don no es su arte, conquista humana; ese don es la entrega generosa que el artista hace de su cosmos, para que el resto de los hombres pueda inclinarse sobre él, y maravillarse, y sentirse un poco por encima del panorama cotidiano. Schumann confía a la música todos sus tesoros interiores. La música nos lo trae ahora, como un hondo legado de belleza.
Estas Escenas infantiles que vais a escuchar dentro de un momento, son quizá la obra más pura de Schumann. “Escenas infantiles”. Su nombre es ya un enunciado cristalino. Resulta casi increíble saber que fueron compuestas en momentos de intensa depresión sentimental, cuando Schumann se sentía al borde de la angustia, y se aferraba a su piano y a las ideas que cantaban en su corazón para no dejarse arrastrar por un torbellino, uno de esos torbellinos que, en una sensibilidad hipertrofiada como la suya, lo conducían hacia el espejismo engañoso del suicidio. Para huir de eso, para rechazar los primeros aletazos de la locura, Schumann escribe la música, y brotan los Conciertos, el Carnaval, Manfredo, Las mariposas, y estas infinitamente claras Escenas infantiles que son un rayo de sol en la atormentada atmósfera de su arte.
Habéis leído los nombres de los trozos –cuya pequeñez tiene la perfección de las piedras talladas, y que nada ganarían con mayor longitud. Nombre que hablan claro en el espíritu del oyente: asomo de la intención que guiaba a Schumann al crearlas. Porque estas Escenas infantiles significan un inclinarse sobre ese mundo tan particular y tan delicado que es el mundo de los niños. Mundo donde las proporciones no son la que nosotros aceptamos,; donde el miedo al cuco representa mucho más que la filosofía de Kant, y donde un juguete es más codiciable que un alto puesto o una mina de carbón. Mundo al que sólo podemos entrar llevando el amor por llave; el amor hacia el niño, hacia sus dimensionas tan suyas. Mundo que Schumann, con esa magia tan propia del músico, nos revela y nos aclara. Ved esos nombres: “De países y hombres extraños”, que encierra quizá ese sentido de lo remoto, de lo desconocido, tan penetrante en los niños, y que explica su gusto por los relatos fantásticos; “Curiosa historia”, “Jugando al gallo ciego” –juegos, relatos, eso es la esencia infantil, ése es su pequeño paraíso de breves años, que pierde luego por otros menos dulces-, “niño implorando”, “Alegría perfecta”, “Un gran acontecimiento”, menciones que iluminan momentos de toda vida infantil; el deseo de ir al circo, la dicha de un postre ambicionado, el nacimiento de un hermanito... Todo esto late, todo esto se agita en las escenas que intento definir; ved estos otros títulos: “Ensueño”, “Junto al fuego”, “Cabalgando el caballito de palo”... Y, como interrumpiendo la juguetona serie de esbozos, una evocación recogida: “Casi demasiado serio”... Ah, pero no es más que el título; los niños están siempre allí, fingiendo una gravedad que pronto se romperá con regreso a su ingenua condición.
¿Por qué? Pues vedlo: “Viene el cuco”. Asistimos al diálogo delicioso entre la ternura y el miedo, entre una madre que debe corregir y un niño que, a pesar de su miedo momentáneo, reincide en la travesura...
El paseo está concluyendo. Cansado de jugar, “El niño se duerme”. Tal es el nombre del último trozo dedicado a ese universo de juguetes y risas de poesías. El músico –el poeta- cierra las puertas del mundo de los niños. Lo hace dulcemente, con palabras que os llegarán al corazón porque han nacido de un corazón que amó mucho, y sufrió mucho, y tuvo el destino desgraciado de aquellos que son demasiado grandes para vivir nuestra pequeña vida humana. Pero que no se van sin dejarnos, a manera de un mensaje lleno de belleza, obras como la que vais a escuchar, interpretada por un artista que ama a Schumann, lo comprende, y quisiera que todos lo amarais y comprendierais como él.
"Para las Kinderszenen de Robert Schumann (Papeles inesperados)". JULIO CORTÁZAR, 1938.
Estas Escenas infantiles que vais a escuchar dentro de un momento, son quizá la obra más pura de Schumann. “Escenas infantiles”. Su nombre es ya un enunciado cristalino. Resulta casi increíble saber que fueron compuestas en momentos de intensa depresión sentimental, cuando Schumann se sentía al borde de la angustia, y se aferraba a su piano y a las ideas que cantaban en su corazón para no dejarse arrastrar por un torbellino, uno de esos torbellinos que, en una sensibilidad hipertrofiada como la suya, lo conducían hacia el espejismo engañoso del suicidio. Para huir de eso, para rechazar los primeros aletazos de la locura, Schumann escribe la música, y brotan los Conciertos, el Carnaval, Manfredo, Las mariposas, y estas infinitamente claras Escenas infantiles que son un rayo de sol en la atormentada atmósfera de su arte.
Habéis leído los nombres de los trozos –cuya pequeñez tiene la perfección de las piedras talladas, y que nada ganarían con mayor longitud. Nombre que hablan claro en el espíritu del oyente: asomo de la intención que guiaba a Schumann al crearlas. Porque estas Escenas infantiles significan un inclinarse sobre ese mundo tan particular y tan delicado que es el mundo de los niños. Mundo donde las proporciones no son la que nosotros aceptamos,; donde el miedo al cuco representa mucho más que la filosofía de Kant, y donde un juguete es más codiciable que un alto puesto o una mina de carbón. Mundo al que sólo podemos entrar llevando el amor por llave; el amor hacia el niño, hacia sus dimensionas tan suyas. Mundo que Schumann, con esa magia tan propia del músico, nos revela y nos aclara. Ved esos nombres: “De países y hombres extraños”, que encierra quizá ese sentido de lo remoto, de lo desconocido, tan penetrante en los niños, y que explica su gusto por los relatos fantásticos; “Curiosa historia”, “Jugando al gallo ciego” –juegos, relatos, eso es la esencia infantil, ése es su pequeño paraíso de breves años, que pierde luego por otros menos dulces-, “niño implorando”, “Alegría perfecta”, “Un gran acontecimiento”, menciones que iluminan momentos de toda vida infantil; el deseo de ir al circo, la dicha de un postre ambicionado, el nacimiento de un hermanito... Todo esto late, todo esto se agita en las escenas que intento definir; ved estos otros títulos: “Ensueño”, “Junto al fuego”, “Cabalgando el caballito de palo”... Y, como interrumpiendo la juguetona serie de esbozos, una evocación recogida: “Casi demasiado serio”... Ah, pero no es más que el título; los niños están siempre allí, fingiendo una gravedad que pronto se romperá con regreso a su ingenua condición.
¿Por qué? Pues vedlo: “Viene el cuco”. Asistimos al diálogo delicioso entre la ternura y el miedo, entre una madre que debe corregir y un niño que, a pesar de su miedo momentáneo, reincide en la travesura...
El paseo está concluyendo. Cansado de jugar, “El niño se duerme”. Tal es el nombre del último trozo dedicado a ese universo de juguetes y risas de poesías. El músico –el poeta- cierra las puertas del mundo de los niños. Lo hace dulcemente, con palabras que os llegarán al corazón porque han nacido de un corazón que amó mucho, y sufrió mucho, y tuvo el destino desgraciado de aquellos que son demasiado grandes para vivir nuestra pequeña vida humana. Pero que no se van sin dejarnos, a manera de un mensaje lleno de belleza, obras como la que vais a escuchar, interpretada por un artista que ama a Schumann, lo comprende, y quisiera que todos lo amarais y comprendierais como él.
"Para las Kinderszenen de Robert Schumann (Papeles inesperados)". JULIO CORTÁZAR, 1938.
martes, 2 de octubre de 2012
El cine revolucionario cubano para Julio Cortázar
Claro que no solamente no me quejo sino que una vez más pienso que el cine -junto con la pintura y la música- es hasta ahora el gran arte de la Revolución Cubana, su enlace más vital con un pueblo tan lleno de sensibilidad ética. Frente a formas de comunicación menos logradas como el teatro y el periodismo, frente a una literatura que lucha por encontrar la difícil clave de una escritura a la vez presente y abierta hacia el futuro, el cine cubano se mueve dentro de una línea que desde un principio me pareció la más eficaz: llegar a la cabeza del pueblo sin el fácil procedimiento de apuntar sus pies.
Uno de los ejemplos más conocidos es el de las películas documentales de Santiago Álvarez, pero muchos cineastas cubanos coinciden y realizan sus trabajos con la misma exigencia política y estética. Así empezó también el teatro de la Revolución, pero circunstancias que creo superables lo fueron alejando en el doble plano de la creación y el público.
Uno de los ejemplos más conocidos es el de las películas documentales de Santiago Álvarez, pero muchos cineastas cubanos coinciden y realizan sus trabajos con la misma exigencia política y estética. Así empezó también el teatro de la Revolución, pero circunstancias que creo superables lo fueron alejando en el doble plano de la creación y el público.
domingo, 30 de septiembre de 2012
Moebius. GUSTAVO MOSQUERA, 1996. En cierto germen de Julio Cortázar
En otro plano, la fisura dentro de la monotonía puede nacer de ese estado de desocupación mental que el metro favorece como pocas otras cosas. Pienso en un relato mío que sigue inédito, y que nació de un comentario humorístico sobre el número de pasajeros que habían bajado en un cierto día al subte Anglo en Buenos Aires, y el número de los que habían vuelto a la superficie (faltaba uno). Broma, error de control, todo quitaba importancia y seriedad a algo que sin embargo me pareció grave, quizá horrible, y que en su proyección imaginativa se volvió el preludio de un descubrimiento abominable.
Bajo nivel (Papeles inesperados). JULIO CORTÁZAR.
Bajo nivel (Papeles inesperados). JULIO CORTÁZAR.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Blow-up. MICHELANGELO ANTONIONI, 1966, Italia. Según Julio Cortázar (2)
No estaba en mí el don de atrapar lo insólito con una cámara, pues aparte de algunas sorpresas menores mis fotos fueron siempre la réplica amable a lo que había buscado en el momento de tomarlas. Por eso, y por estar condenado a la escritura, me desquité en ella de la decepción de mis fotos, y un día escribí "Las babas del diablo" sin sospechar que lo insólito me esperaba más allá del relato para devolverme a la dimensión de la fotografía el año en que Michelangelo Antonioni convirtió mis palabras en las imágenes de Blow Up. También aquí lo insólito lanzó su lento bumerang: mi esperanza y mi nostalgia de fotógrafo sin dominio sobre las fuerzas extrañas que suelen manifestarse en las instantáneas, despertó en un cineasta el deseo de mostrar cómo una foto en la que se desliza lo inesperado puede incidir sobre el destino de quien la toma sin sospechar lo que allí se agazapa. En este caso lo excepcional no repercutió en la realidad exterior; incapaz de captarlo a través de la fotografía, me fue dada la admirable recompensa de que alguien como Antonioni conviertiera mi escritura en imágenes, y que el bumerang volviera a mi mano después de un lento, imprevisible vuelo de veinte años.
Ventanas a lo insólito (Papeles inesperados). JULIO CORTÁZAR
Ventanas a lo insólito (Papeles inesperados). JULIO CORTÁZAR
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Caligari paseando por las pesadillas de Julio Cortázar
Mis lecturas poco controladas por los adultos iban casi infaliblemente a formas más sutiles de lo sobrenatural y lo morboso; la literatura de la catalepsia y del sonambulismo, por ejemplo, que abundaba en las bibliotecas de mi infancia, el gólem, que entró temprano en mi vida, los dobles, los autómatas homicidas, y ya en el umbral de la despedida infantil, el monstruo hijo de Mary Shelley y del Doctro Frankenstein, y Cesare, la horrenda criatura de Caligari.
Julio Cortázar. De una infancia medrosa (Papeles inesperados)
Julio Cortázar. De una infancia medrosa (Papeles inesperados)
lunes, 24 de septiembre de 2012
De confusiones de Cortázar sobre Bergman y su troupe
Leemos en el relato Ciao, Verona de Julio Cortázar, texto inédito durante 30 años, finalmente incluido en Papeles inesperados y que complementa el relato, también de 1977, Las caras de la medalla:
"... finalmente éramos amigos y el pacto se cumplía, hablamos de Ingmar Bergman y ahí sí, creo, me dejé llevar por lo que tú hubieras apreciado infinitamente y en algún momento (es curioso cómo se me ha quedado en la memoria aunque Javier disimuló limpiamente algo que debía llegarle como una bofetada en plena cara) dije lo que pensaba de un actor norteamericano con el que habría de acostarse Liv Ullmann en no sé cuál de las películas de Bergman, y se me escapó y lo dije, sé que hice un gesto de asco y lo traté de bestia velluda, dije las palabras que describían al macho frente a la rubia transparencia de Liv Ullmann y cómo, cómo, dime cómo, Lamia, cómo podía ella dejarse montar por ese fauno untado de pelos, dime cómo era posible soportarlo, y Javier escuchó y un cigarrillo, sí, el recuento de otras películas de Bergman, La vergüenza, claro, y sobre todo El séptimo sello, la vuelta al diálogo ya sin pelos, el escollo mal salvado, yo iría a descansar un rato a mi pieza y nos encontraríamos para la última cena (ya está escrito, ya te habrás sonreído, dejémoslo así) antes de que él se fuera a la estación para su tren de las once."
Mireille, protagonista del relato, dialoga con Javier -segunda arista del triángulo- acerca de la filmografía de Ingmar Bergman. Al final de la carta, que a lo largo del relato se reproduce, que Mireille escribe a Lamia -tercera arista-, aquélla asocia la lástima y repugnancia que ella misma siente por Javier, con la que sintió al ver una película de Bergman en la que la nívea y pura Liv Ullman se entrega a un actor americano peludo y animalesco.
Repasando la filmografía de Bergman, todo parece indicar que Cortázar, a través de su personaje, se refiere a La Carcoma; película en la que la protagonista, aburrida de su vida conyugal monótona y poco estimulante, conoce a un arqueólogo americano con el que mantiene una relación pasional y casi destructiva. Si bien, en dicha película, el papel principal femenino no recae sobre Liv Ullman, sino sobre Bibi Andersson.
La presencia de Elliott Gould, más imposición productiva que necesidad argumental, resulta ser junto a la de David Carradine en "El huevo de la serpiente", la única incursión de un actor de nacionalidad americana en películas de Bergman hasta 1977 -fecha de escritura de Ciao, Verona-. A su vez, analizando las películas que Ullman había realizado con Bergman hasta la fecha: Persona, La hora del lobo, La vergüenza, Pasión, Gritos y susurros y Secretos de un matrimonio, ninguna de ellas parece adecuarse a los detalles expuestos por el personaje de Cortázar -personaje masculino velludo al que se entrega la protagonista-.
Liv Ullman, Harriet y Bibi Anderson, Ingrid Thulin... en todo caso, sufridoras bergmanianas...
"... finalmente éramos amigos y el pacto se cumplía, hablamos de Ingmar Bergman y ahí sí, creo, me dejé llevar por lo que tú hubieras apreciado infinitamente y en algún momento (es curioso cómo se me ha quedado en la memoria aunque Javier disimuló limpiamente algo que debía llegarle como una bofetada en plena cara) dije lo que pensaba de un actor norteamericano con el que habría de acostarse Liv Ullmann en no sé cuál de las películas de Bergman, y se me escapó y lo dije, sé que hice un gesto de asco y lo traté de bestia velluda, dije las palabras que describían al macho frente a la rubia transparencia de Liv Ullmann y cómo, cómo, dime cómo, Lamia, cómo podía ella dejarse montar por ese fauno untado de pelos, dime cómo era posible soportarlo, y Javier escuchó y un cigarrillo, sí, el recuento de otras películas de Bergman, La vergüenza, claro, y sobre todo El séptimo sello, la vuelta al diálogo ya sin pelos, el escollo mal salvado, yo iría a descansar un rato a mi pieza y nos encontraríamos para la última cena (ya está escrito, ya te habrás sonreído, dejémoslo así) antes de que él se fuera a la estación para su tren de las once."
Mireille, protagonista del relato, dialoga con Javier -segunda arista del triángulo- acerca de la filmografía de Ingmar Bergman. Al final de la carta, que a lo largo del relato se reproduce, que Mireille escribe a Lamia -tercera arista-, aquélla asocia la lástima y repugnancia que ella misma siente por Javier, con la que sintió al ver una película de Bergman en la que la nívea y pura Liv Ullman se entrega a un actor americano peludo y animalesco.
Repasando la filmografía de Bergman, todo parece indicar que Cortázar, a través de su personaje, se refiere a La Carcoma; película en la que la protagonista, aburrida de su vida conyugal monótona y poco estimulante, conoce a un arqueólogo americano con el que mantiene una relación pasional y casi destructiva. Si bien, en dicha película, el papel principal femenino no recae sobre Liv Ullman, sino sobre Bibi Andersson.
La presencia de Elliott Gould, más imposición productiva que necesidad argumental, resulta ser junto a la de David Carradine en "El huevo de la serpiente", la única incursión de un actor de nacionalidad americana en películas de Bergman hasta 1977 -fecha de escritura de Ciao, Verona-. A su vez, analizando las películas que Ullman había realizado con Bergman hasta la fecha: Persona, La hora del lobo, La vergüenza, Pasión, Gritos y susurros y Secretos de un matrimonio, ninguna de ellas parece adecuarse a los detalles expuestos por el personaje de Cortázar -personaje masculino velludo al que se entrega la protagonista-.
Liv Ullman, Harriet y Bibi Anderson, Ingrid Thulin... en todo caso, sufridoras bergmanianas...
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Gritos y susurros. INGMAR BERGMAN, 1972. Desde Julio Cortázar
-En efecto -dice Calac -¿Y qué viste en el cine últimamente?
-Malas películas que a mí me parecen buenas, y viceversa. Casi me han golpeado por decir que Gritos y susurros no valía el gran Bergman de otros tiempos, y que en cambio una película erótica holandesa llamada Turkish Delights, que empieza de una manera perfectamente asquerosa, va mostrando una segunda intención que la agranda y la hermosea. Qué querés, sigo prefiriendo cosas marginales a las grandes máquinas tipo Doctor Jivago y Odisea del espacio, aunque hay que decir que en ésta la parte de los monos al principio era para llorar de risa, cosa que no abunda en estos tiempos pinochescos.
"Estamos como queremos o los monstruos en acción" (PAPELES INESPERADOS). Julio cortázar
miércoles, 9 de mayo de 2012
El último tango en París. BERNARDO BERTOLUCCI, 1972. Desde Julio Cortázar
-¿Y El Último tango en París? -dice Calac como haciéndose el idiota.
-Ah, esto es un caso especial porque le toca un poco personalmente. Uno de los primeros lectores del Libro de Manuel me hizo notar diversas y curiosas simetrías (sin hablar de la última, escandalosa y boca abajo, entre el libro y la película, digamos entre Bertolucci y yo).
Como se trataba de un crítico profesional, cayó rápidamente en la trampa de las "influencias" sin las cuales estos muchachos andan medio perdidos, y pensó que la película había marcado la conducta de mis personajes. Pero aparte de que ese tango se tocó en París mucho después de terminado el libro, y que Bertolucci y yo no nos hemos visto nunca, las simetrías me parecen curiosas y significativas; una vez más siento como una figura, una red que de alguna manera nos incluye a los dos. ¿Te fijaste que la acción de la película empieza en la calle Julio Veme, que el protagonista es un americano en París, que la chica es una burguesita, que el héroe y el amante de su difunta mujer son quizá la misma persona y su doble?
"Estamos como queremos o los monstruos en acción" (PAPELES INESPERADOS). Julio Cortázar.
-Ah, esto es un caso especial porque le toca un poco personalmente. Uno de los primeros lectores del Libro de Manuel me hizo notar diversas y curiosas simetrías (sin hablar de la última, escandalosa y boca abajo, entre el libro y la película, digamos entre Bertolucci y yo).
Como se trataba de un crítico profesional, cayó rápidamente en la trampa de las "influencias" sin las cuales estos muchachos andan medio perdidos, y pensó que la película había marcado la conducta de mis personajes. Pero aparte de que ese tango se tocó en París mucho después de terminado el libro, y que Bertolucci y yo no nos hemos visto nunca, las simetrías me parecen curiosas y significativas; una vez más siento como una figura, una red que de alguna manera nos incluye a los dos. ¿Te fijaste que la acción de la película empieza en la calle Julio Veme, que el protagonista es un americano en París, que la chica es una burguesita, que el héroe y el amante de su difunta mujer son quizá la misma persona y su doble?
"Estamos como queremos o los monstruos en acción" (PAPELES INESPERADOS). Julio Cortázar.
lunes, 26 de marzo de 2012
Blow-up. MICHELANGELO ANTONIONI, 1966, Italia. Según Julio Cortázar
Hablando de paraísos, no sé por qué me acuerdo
intensamente de Vanessa Redgrave y de que usted me pide una opinión sobre los
cambios que introdujo Michelangelo Antonioni en Las babas del diablo para
Ilegar a Blow-up.
Este tema no tiene la menor importancia en sí, pero vale como
una oportunidad para defender a Antonioni de algunas acusaciones injustas,
aunque el tiempo transcurrido le dé a la defensa ese aire más bien lúgubre de
las rehabilitaciones que suelen practicarse en la URSS. Cualquiera que nos conozca
un poco sabe que tanto Antonioni como yo tendemos resueltamente a la mufa,
razón por la cual nuestras relaciones amistosas consistieron en vernos lo menos
posible para no hacernos perder recíprocamente el tiempo, delicadeza que ni el
ni yo solemos encontrar en quienes nos rodean. Antonioni empezó por escribirme
una carta que yo tomé por una broma de algún amigo chistoso, hasta advertir que
estaba redactada en un idioma que aspiraba a pasar por francés, prueba
irrebatible de autenticidad. Me enteré así de que acababa de comprar por
casualidad mis cuentos traducidos al italiano, y que en Las babas del diablo
había encontrado una idea que andaba persiguiendo desde hacia años; seguía una
invitación para conocernos en Roma.
Allí hablamos francamente; a Antonioni le
interesaba la idea central del cuento, pero sus derivaciones fantásticas le
eran indiferentes (incluso no había entendido muy bien el final) y quería hacer
su propio cine, internarse una vez más en el mundo que le es natural. Comprendí
que el resultado seria la obra de un gran cineasta, pero que poco tenía yo que
hacer en la adaptación y los diálogos, aunque la cortesía llevara a Antonioni a
proponerme una colaboración a nivel de rodaje; le cedí el cuento sabiendo que
en sus manos le acontecería lo que dice Ariel del ahogado en La
tempestad:
Nothing of him that doth fade
But doth suffer a sea-change
Into
something rich and strange.
Así fue, y es justo dejar en claro que Antonioni
tuvo la más amplia libertad para apartarse de mi relato y buscar sus propios
fantasmas; buscándolos se encontró con algunos míos, porque mis cuentos son más
pegajosos de lo que parecen, y el primero que lo sintió y lo dijo fue Vargas
Llosa y creo que tenía razón. Vi la película mucho después de su estreno en
Europa, una tarde de lluvia en Amsterdam pagué mi entrada como cualquiera de
los holandeses allí congregados y en algún momento, en el rumor del follaje
cuando la cámara sube hacia el cielo del parque y se ve temblar las hojas,
sentí que Antonioni me guiñaba un ojo y que nos encontrábamos por encima o por
debajo de las diferencias; cosas así son la alegría de los cronopios, y el
resto no tiene la menor importancia.
"Papeles inesperados". Julio Cortázar.
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