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viernes, 13 de julio de 2012

Sonidos de Los autonautas de la cosmopista, Parte y5

Y además hay el Schubert de los cuartetos 804 y 887, tocados por los Julliard, y el primer cuarteto de Arnold Schonberg. 



Extracto del manual de los lobos. Protéjale los pies cuando duerme; tal vez le regalará un sueño, o cantará música de Schubert desde el fondo del sueño.

Franz Schubert (Alban Berg). Cuarteto La muerte y la doncella





Pero al final creo que hice bien en cargar tanto la mano con Lutoslavski, porque es lo que más y mejor escucho en estos días. Hay algo en su prodigioso cuarteto de cuerdas, en su Música para 13 instrumentos, que se adecúa admirablemente a la atmósfera sonora de los paraderos donde el rumor de la autopista es un mero fondo para pájaros, insectos, ramas quebradas, todo eso que también alienta en la textura de esa música aunque no lo crean los musicólogos.


Witold Lutoslawski. Preludio y fuga para 13 instrumentos




Ah, y además tengo a Susana Rinaldi cantando como nadie a Cátulo Castillo y a Homero Manzi.


Susana Rinaldi. A Cátulo Castillo

miércoles, 11 de julio de 2012

Sonidos de Los autonautas de la cosmopista. Parte 4

Nunca sabré cómo traje tres cassettes de Fats Waller y solamente una de Ellington y una de Armstrong. 

Fats Waller. Lulu's back in town



Duke Ellington y Louis Armstrong. I´m just lucky so an so




No estoy haciendo juicios de valor, pero me divierte encontrar una hora de música de Charlie Mingus y otra de Jelly Roll Morton contra apenas diez minutos de Lester Young.


Jelly Roll Morton. Grandpa's spells





Charles Mingus. Goodbye pork pie hat (Requiem para Lester Young)





Creo que esa mañana estaba medio dormido, aunque menos mal que me acordé de elegir lo mejor de Bix y Trum, que suena tan nítido, tan recortadamente perfecto en las noches de los paraderos. 


Bix Beiderbecke. In a mist




lunes, 9 de julio de 2012

Sonidos de los Autonautas de la cosmopista. Parte 3

Uno de los fines de jornada que más se repiten es que después de la cena la Osita se instala en el asiento trasero de Fafner, usándolo como cama, y luego de encender la lámpara de butagás se pone a leer con gran empecinamiento cosas tales como el diario de Virginia Woolf, mientras yo me paso a los asientos de pilotaje y allí enciendo el transistor, conecto los audífonos, y armado de numerosas cassettes me ofrezco un concierto que es siempre como un resumen de mí mismo, o sea algo heteróclito, absurdo, contradictorio, ilógico, en otras palabras la música tal como siempre la he entendido y querido, para escándalo de mis amigos los melómanos serios.

Casi al final de la expedición me pregunto por las razones que dictaron mi selección de las cassettes. Está muy bien, pero no siempre entiendo por qué. La hice apresuradamente, y eso explica acaso que haya tres obras de Lutoslavski y ninguna de Boulez, tres cassettes de Billie Holiday y nada de Ella Fitzgerald o de Helen Humes. 

Witold Lutoslawski. Concierto para orquesta I. Intrada.




Billie Holiday. My man



No importa, hay más que suficiente para el viaje. Tangos, por ejemplo, Carlos Gardel con una selección que incluye Malevaje y Mi noche triste (en la buena versión, ojo), Ángel Vargas, Pugliese, Julio de Caro, y una selección de los clásicos más canyengues que me regaló el Tata Cedón y donde están Rosita Quiroga, Corsini, Magaldi, Charlo... 


Carlos Gardel. Malevaje




Julio de caro. Mi dolor




Rosita Quiroga. A media luz




Tengo también una entera cassette con la voz de Eladia Blázquez cantando sus canciones que en estos días, al final de esta imbécil y siniestra guerra de las Malvinas, parecen todavía más verdaderas: Somos como somos, Patente de piola, Vamos en montón... Pero también están ahí, y tambien son tan ciertos para mí, El corazón al sur, y Por qué amo a Buenos Aires.


Eladia Blázquez. Porque te amo Buenos Aires

viernes, 6 de julio de 2012

Sonidos de Los autonautas de la cosmopista. Parte 2

Una breve frase musical empieza a abrirse paso en el torbellino, semejante al ruiseñor cuando al caer la noche ensaya sus escalas antes de lanzarse de todo corazón en su canto. Dos, tres notas cuya gravedad parece nacer de lo grandioso del paisaje. Un compás, otro, y es ese cuarteto de Schubert que no se parece a ningún otro, y olvidando lo que había venido a buscar entro en Fafner donde sé que tenemos la cassette con ese mismo cuarteto y sobre la que me lanzo frecuentemente con una especie de ineluctable violencia en momentos que no podría definir y ni siquiera relacionar entre ellos, y así en menos tiempo del que tardo en decirlo estoy instalada en el asiento trasero, unida al lector de cassettes por el cable de los audífonos como una criatura extraterrestre. Empiezan los primeros compases, dolientes y graves, como debió comenzar alguna vez el mundo, una música-dolor como el paisaje que me rodea, del que soy parte, violín y violoncelo, los graves se interrumpen como una herida que el agudo inesperado cura, y entonces es la lenta, tan lenta, maravillosa fusión del todo, la armonía buscándose, acaparando en torno las montañas y hasta los turistas que empiezan a llegar. Los veo. Pero no desde el cuerpo, no con estos ojos que acaso les han sonreído. No, los veo desde allí donde escucho y que no se puede decir, desde el corazón de los instrumentos de cuerda, desde el interior de un músico desaparecido hace ya tanto tiempo y sin embargo ahí, flotando y sumergiéndose por encima de la montaña, sin muro ni ventana ni ciudad ni casa en torno a él, toco el corazón, nacimiento y expansión de la música como de la vista: en cada dedo de músico guiando los arcos como otros tantos amantes, cada pie manteniendo el delicado equilibrio del instrumento, cada mentón descansando en su almohadilla sin imprimir su traza: cada nota, esas cosas que no existen y que sin embargo, en momentos como éste, son toda la creación y la finalidad del mundo, estoy ahí, tan grande como todas esas montañas en torno, indiferenciada de las canteras más profundas, unida a todos los movimientos que de ese todo, el tiempo de la cassette, sólo hacen uno, y ni los alemanes que se acercan al auto para tratar de ver si no estoy grabando alguna cosa, ni la familia que se detiene, asombrada, para mirarme fijamente con ojos incrédulos, pueden romper ese círculo perfecto.
Rossignol, parking panorámico, ¿cantan ahora tus pájaros, para aquellos que saben escucharlos, ese hermoso tema de Schubert que transformó un paradero en principio y fin del mundo?


Franz Schubert. Cuarteto 887


Recuento de observaciones científicas que lleva al lobo…



Glenn Gould. Variaciones Goldberg




En ese instante de contacto, de perfecta empatía, me invade el recuerdo del poema
sinfónico de Vaughan Williams, The Lark Ascending. No puedo escucharlo aquí, por las
mismas razones que no puedo leer a Shakespeare, y me es imposible comparar su línea
melódica con la que ahora baja del cielo, pero su título me confirma que la alondra canta
mientras sube, que asciende llevada por su propia música como creo que ningún otro
pájaro.


Vaughan Williams. The Lark Ascending





Ludwig van Beethoven. Moonlight sonata


Oh misterio. Se diría que no es el mismo pero da igual, como canta el cubano Silvio Rodríguez: en plena expedición, el azar que es el método preferido de los cronopios aprueba ex post facto una iniciativa cultural que nosotros emprendimos de facto, qué joder, puesto que los malvados burócratas no nos daban corte.


Silvio Rodríguez. Pequeña serenata diurna

miércoles, 4 de julio de 2012

Sonidos de Los Autonautas de la cosmopista. Parte 1

Y así, cada tanto dejo de trabajar y me voy por las calles, entro en un bar, miro lo que ocurre en la ciudad, dialogo con el viejo que me vende salchichas para el almuerzo porque el dragón, ya es tiempo de presentarlo, es una especie de casa rodante o caracol que mis obstinadas predilecciones wagnerianas han definido como dragón, y no solamente un dragón cualquiera sino fafner, el guardián del tesoro de los Nibelungos, que según la leyenda y Wagner habrá sido tonto y perverso, pero que siempre me inspiró una simpatía secreta aunque más no fuera por estar condenado a morir a manos de Sigfrido y esas cosas yo no se las perdono a los héroes, como hace treinta años no le perdoné a Teseo que matara al Minotauro.

Richard Wagner. De Sigfried (Los Nibelungos)



…la máquina de escribir, libros, vino tinto, latas de sopa y vasos de papel, pantalón de baño por si se da, una lámpara de butano y un calentador gracias al cual una lata de conservas se convierte en almuerzo o cena mientras se escucha a Vivaldi o se escriben esta carillas.

Antonio Vivaldi. Primavera (parte 2)



Así como hoy, y los otros 32 hoy que nos faltan, no-se-puede-salir-de-la-autopista.
Oh sí, era un buen signo, me ha hecho bien encontrármelo como envuelto en el perfume del arbusto de flores blancas. Gerontología de verdad, sentir de nuevo “que veinte años no es nada”, y muchos más de veinte, compadre.

Carlos Gardel. Volver



No soy malo, creo, pero nunca me niego a una venganza justa, aunque sea sólo mental. Pienso que es posible proyectar un deseo y que de alguna manera se cumpla. Deseé minuciosamente que el autor de la boram se estrellara en cualquier lugar de la autopista, que su auto quedara como el bandoneón de Juan José Mosalini cuando lo arquea en el último acorde bien canyengue de un tango, y que el conductor no sufriera ninguna herida importante.


Astor Piazzola, Juan José Masolini. Lo que vendrá.


Cuando usted lea esta página, las noticias de esta tarde serán ya un mero gajito en la inmensa naranja del tiempo, cosas y cosas habrán sucedido y, como cantaba Jean Sablon en los viejos tiempos,
Tout passe, tout casse, tout lasse,
Un autre aura ma place…
Otra guerra arderá en otros horizontes, etcétera.


Jean Sablon. Je tire ma révérence.

domingo, 4 de marzo de 2012

Cortázar y Las Malvinas. Noticias espigadas en la cosmopista.


Lunes, 24 de mayo, 1982.
En las Malvinas, los ingleses y los argentinos se matan cada vez más salvajemente, según la radio.

Miércoles, 26 de mayo, 1982.
No voy a ocuparme aquí de las Malvinas, pues, como muy bien lo dice la Biblia en alguna parte, cada cosa tiene su tiempo y su lugar; me limito a preguntarme si tantos ingleses en la autopista no será una manera perfectamente británica de que muchos de llos le estén haciendo un corte de mangas a Maggie Thatcher y cambiando los pingüinos de Port Stanley por la ruleta de Montecarlo.


Sábado, 29 de mayo, 1982.
Cuando usted lea esta página, las noticias de esta tarde serán ya un mero gajito en la inmensa naranja del tiempo, cosas y cosas habrán sucedido y, como cantaba Jean Sablon en los viejos tiempos,

Tout passe, tout casse, tout lasse,
Un autre aura ma place…

Otra guerra arderá en otros horizontes, etcétera. Pero hoy es ésta y es nuestra, es América Latina. ¿cómo no llenarse de angustia ante la siniestra pantonima de una junta militar que, sabiéndose rechazada por la población civil, opta por una fuga hacia delante y se lanza a la reconquista de la Malvinas, sabiendo perfectamente que eso manda a la muerte a millares de conscriptos mal entrenados y equipados? ¿cómo no sentir náuseas frente a la estupida adhesión de una mayoría de argentinos que en estos últimos años han vivido día tras día la opresión, los asesinatos, la tortura y la desaparición de millares de compatriotas?



Martes, 1 de junio, 1982.
¿Creen que es fácil avanzar por esta maldita autopista cuando uno no tiene coche? ¿Y en estos días, nosotros argentinos y los autos casi todos de su Majesty?

Jueves, 17 de junio, 1982
Anoche, después de las tristezas finales de la estupida guerra de las Malvinas, France Inter nos regaló un programa que jamás un expdicionario de veras hubiera podido pasar por alto. Un equipo tan científico como el nuestro transmitiá desde Escocia y a orillas del Lago Ness un detallado informe sobre Nessy.


Viernes, 18 de junio, 1982
Tengo también una entera casette con la voz de Eladia Blázquez cantando sus canciones, que en estos días, al final de esta imbécil y siniestra guerra de La Malvinas, parecen todavía más verdaderas: Somos como somos, Patente de piola, Vamos en montón…




“Los autonautas de la cosmopista” Julio Cortázar y Carol Dunlop.

lunes, 27 de febrero de 2012

Cortázar/Herzog; piantados... Cronopios.


“A todos los piantados del mundo” dedican Julio Cortázar y Carol Dunlop su expedición y crónica de los 33 días que durante el año 1982, permanecieron en la Autopista del sur francesa, recorriendo la distancia (ya se midan en kilómetros, paraderos, cachos o emociones) entre París a Marsella, parando (y lo que es más importante: colonizando) la totalidad de paraderos que se encontraron en ese “vacío” que separa ambas ciudades. Fuera del mundo, reinterpretando el espacio utilitarista y funcional que significa la autopista, descubriendo una vía paralela, presente en la imaginación de sólo aquellos que (como ocurre con la ciudad de “62, modelo para armar”) son capaces de soñar con ella; introduciéndose en una geografía no euclidiana que comporta no sólo un espacio físico diferente sino también otro tiempo. “Una expedición un tanto alocada y bastante surrealista, que consiste en recorrer la autopista de París a Marsella a bordo de nuestro Voslkswagen Combi, deteniéndonos en los 65 paraderos de la autopista a razón de dos por día”.


Guiados por el carro de Hermes (“todo lo que proviene de ese dios sutil me ha guiado siempre en la vida. Sé que vamos a llegar a la meta, que Hermes se divertirá un poco a costa de nosotros, pero a la vez nos irá abriendo paso, señor de las rutas, protector de viajeros”), y subidos a un postmoderno y antropomorfizado dragón de los nibelungos, los autonautas hacen acopio inicial de vituallas, material de trabajo y libros para acometer su empresa, su deriva.


Entre tales víveres se encuentran algunos libros de viaje y expediciones. Cortázar incluye entre ellos “Del caminar sobre hielo”, el cuaderno de notas o diario de la expedición a pie que durante 1974 llevó a Werner Herzog de Munich a París como oposición trascendente y plegaria mágica frente a la grave enfermedad que entonces sufría la historiadora y crítica de cine Lotte Eisner. Pese a no quedar nada satisfecho con la versión en castellano del libro (“considerablemente deprimido por la versión española de un libro de viaje de Werner Herzog, fui a ventilarme al norte del parking”), se detecta entre ambos personajes, Cortázar y Herzog, escritor y realizador de cine, un irremediable vinculo personal, una misma búsqueda de nuevos atlas por descubrir, un ansia de imágenes, símbolos y actitudes radicalmente opuestas a la convencionales, un deseo de reinterpretar mediante nuevos códigos espacio temporales los objetos y símbolos de la civilización moderna.


Algo profundo hay en común entre recorrer a pie la distancia entre Munich y París y demorarse 33 días para llegar a Marsella desde París sin salirse de la autopista. Algo transversal, algo propio de piantados.

Cartógrafos no cartesianos, antropólogos de lo olvidado, de aquello que está ahí pero en lo que nadie repara, cronopios sin par; parece lógico, y de justicia, imaginarse a uno leyendo entusiasmado no sólo a Hölderlin sino también “La vuelta al día en ochenta mundos”, y a otro absorto ante las imágenes de “Kaspar Hauser”. No por azar ambos se fijaron en la figura casi olvidada de Carlo Gesulado, príncipe de Venosa, genio y atormentado, asesino y masoquista, que compuso algunos de los más bellos, disonantes e hipnóticos madrigales escritos durante el Renacimiento, y que recorre las páginas de “Clone” y el celuloide de “Muerte para cinco voces”. 


Pese a, temo, no llegar a conocerse nunca, recorriendo ambos paralelamente un mismo anillo de Moebius, sirva como prueba de ese mutuo interés y admiración aquellas páginas de “Los autonautas de la cosmopista” en las que vuelve a mencionar Cortázar a Herzog a colación comparativa de expediciones y conquistadores célebres: “Jamás pretenderemos que esta expedición, por más riesgos y azares que presente, pueda compararse a la que Werner Herzog imaginó (o sea, puso en imágenes) en Aguirre la cólera de Dios”.