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lunes, 7 de mayo de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 111

Cole Porter. Anything goes.

Tenía entonces dieciocho años y vivía sola en París, sin rumbo definido. París de 1928. París de las orgías y el derroche de champán. París de los francos sin valor. París, paraíso del extranjero. Impregnado de yanquis y sudamericanos, pequeños reyés del oro.



Carlos Gardel. Caminito.

En aquella época cosechaba éxitos y aplausos un recién llegado, cantante de cabaret. Debutaba en el Florida y cantaba canciones extrañas en un idioma extraño. Cantaba en un traje exótico, desconocido en aquellos sitios hasta entonces, tangos, rancheras y zambas argentinas. Era un muchacho más bien delgado, un tanto moreno, de dientes blancos, a quien las bellas de París colmaban de atenciones. Era Carlos Gardel. Sus tangos llorones, que cantaba con toda el alma, capturaban al público sin saberse por qué. Sus canciones de entonces —Caminito, La chacarera, Aquel tapado de armiño, Queja indiana, Entre sueños- no eran tangos modernos, sino canciones de la vieja Argentina, el alma pura del gaucho de las pampas.


Carlos Gardel. Aquel tapado de armiño.

Gardel estaba de moda. No había comida elegante o recepción galante a que no se le invitase. Su cara morena, sus dientes blancos, su sonrisa fresca y luminosa, brillaba en todas partes. Cabarets, teatros, music-hall, hipódromos. Era un huésped permanente de Auteuil y de Longchamps. Pero a Gardel le gustaba más que todo divertirse a su manera, entre los suyos, en el círculo de sus íntimos.
Por aquella época había en París un cabaret llamado «Palermo», en la calle Clichy, frecuentado casi exclusivamente por sudamericanos... Allí lo conocí. A Gardel le interesaban todas las mujeres, pero a mí no me interesaba más que la cocaína... y el champán.

miércoles, 11 de abril de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 132

1.      Cole Porter y Oscar Peterson. I love Paris.

Y mientras alguien como siempre explica alguna cosa, yo no sé por qué estoy en el café, en todos los cafés (…)


2.      Robert Schumann. Carnaval, Op. 9. Pierrot

…son el territorio neutral para los apátridas del alma, el centro inmóvil de la rueda desde donde uno puede alcanzarse a sí mismo en plena carrera, verse entrar y salir como un maníaco, envuelto en mujeres o pagarés o tesis epistemológicas, y mientras revuelve el café en la tacita que va de boca en boca por el filo de los días, puede desapegadamente intentar la revisión y el balance, igualmente alejado del yo que entró hace una hora en el café y del yo que saldrá dentro de otra hora.