Vi de nuevo La sed. Salí del cine transformada en una estatua. No más sentir. No más luchar. Un perfume a fin de mundo me rodeaba como un halo. La muerte se me apareció como la única salvación. Pero no se trata de salvarse sino de terminar lo antes posible.
La homosexual de La Sed. sus ojos, en la escena de su encuentro con la mujer histérica, tenían un brillo tan mítico, una fijeza tan terrible, que hubiera querido levantarse en introducirme en la pantalla. Una mujer así no es homosexual, no es nada. Es de otro mundo. Por eso aún vibro y me disuelvo de deseos de encontrarla. (Posiblemente esta noche fantasee con encontrarla).
Hasta hoy, ¿cuántos seres mágicos he conocido? La señora vieja y la joven, de negro ambas, que pasaban junto a mí todas las mañanas. La casa que habitaban era el castillo encantado. Años después, la profesora de física, el profesor de historia, Lilia Deniselle y, por último, Ostrov. Olvidaba a Greta Garbo, a Edwige Feillére en Blé en Herbe y a la esfinge de La sed. Creo que se llama Eva Herring. Olvidaba también a la Virgen María y a Picasso. También a la muchacha que juega con una mano en Le Chien Andalou.
El cine de Aki Kaurismaki está hecho de miradas fuera de
cuadro, de personajes paralizados, de frases precisas, de rostros solemnes y
gestos casi imperceptibles que sintetizan elípticamente estados de ánimo o
situaciones dramáticas.
Un cine frío, tan finlandés como ese vodka que siempre beben
sus personajes en tugurios repletos de rockeros que hablan de cocina y escuchan
a Gardel.
Pero detrás de este estilo seco y sobrio, propio de
directores clásicos como Ozu o Bresson, el cine de Kaurismaki se construye sobre
una triple vertiente: lírica, humorística y socialmente reivindicativa; lo que
le permite convertir a personajes casi inexpresivos en epicentros de nuestras
emociones; y a pobres desamparados y excluidos en héroes sociales anónimos.
Marcado por tales características y apostando, sin ser en él
habitual, por un optimismo ateo y a la vez mágico, Le Havre se traduce como un
cuento luminoso sobre las redes de ayuda y solidaridad dentro de las
comunidades, y del que trasciende una profunda metáfora social: para que Europa
logre curarse de la enfermedad mortal que padece, debe antes romper los
grilletes con los que tiraniza al tercer mundo.
Es sin duda The Artist un producto atípico
dentro de la producción cinematográfica actual, no por tratarse de un film mudo
y con intertítulos, formato utilizado en los últimos años, entre otros, por
directores como Kaurismakki, Pablo Stoll o Esteban Sapir, sino por conseguir
ensamblar cierta estética asociada a los orígenes del cine con un lenguaje
puramente contemporáneo.
Cuenta su director, Michel Hazanavicius, que
decidió realizar una película sobre la transición del cine mudo al sonoro
recordando las películas de Fritz Lang, Murnau, Griffith o Eisenstein. Si bien,
The Artist no posee ninguna de las cualidades estéticas ni experimentales de
los filmes de estos directores, pero, al contrario, sí que bebe de filmes mudos
de aventuras, especialmente los de Douglas Fairbanks, del lenguaje
cinematográfico de las comedias de situación y el cine de acción actual y,
sobre todo, de las referencias mitológicas y el imaginario colectivo que como
espectadores del Siglo XXI poseemos sobre el paso del cine mudo al sonoro, imaginario
construido por clásicos como El crepúsculo de los dioses o Bailando bajo la
lluvia.
Pese a la macdonalización del lenguaje de cine
mudo, no son pocas las virtudes de The artist; tales como el tratamiento de la
parábola central sobre la necesidad de adaptarse a los cambios en el entorno
para no acabar desapareciendo, la magnífica expresividad de la puesta en escena
o el impecable trabajo de sus actores.
Nuestra historia debería comenzar en 1933. Con el ascenso al poder del Partido Nazi muchos intelectuales de izquierda alemanes se refugian en países cercanos para poder continuar sin censuras con su actividad antifascista. Entre ellos destaca el artista alemán John Heartfield, padre del fotomontaje y creador de la contrapublicidad.
Miembro del grupo Dadaísta berlinés desde 1918, Fundador del Partido Comunista Alemán, enemigo aférrimo del ultranacionalismo germánico, que le llevó en 1916 a fingir una depresión nerviosa para no ser llamado a filas y a cambiar su nombre genuínamente alemán, Helmut Herzfelde, por otro anglosajón; Hertfield se convierte durante el periodo de entreguerras, junto a Bertolt Brecht o Alfred Doblin, en uno de los más activos, críticos y provocadores artistas e intelectuales alemanes.
Heartfield se caracterizó desde 1920 por el fotomontaje, el grafismo y el collage utilizándolos como armas políticas; publicando en periódicos de izquierda o vinculados a vanguardias artísticas sátiras de contrapublicidad sobre las instituciones de la República de Weimar primero y centradas en el ascenso y actividades del partido Nazi más tarde.
Convencido de que la publicidad y la imagen pueden convertirse en los principales instrumentos de influencia política de masas, desarrolló un lenguaje artístico propio derivado de las prácticas dadístas en el que con satírico sentido del humor trascendía la obra artística neutra y meramente estética para gracias al montaje convertirla en un arma social e ideológica.
Sin tratar de confundir al espectador al no pretender simular escenas reales sino esperpénticas y grotescas transformaciones de la realidad, Heartfield junta capas de imágenes, recortadas y pegadas en escalas diferentes, logrando que la suma de todas se convierta en una crítica política feroz frente al horror que se avecina; imagenes ante las que el espectador no puede permanecer indiferente.
Tras visitar la Unión Soviética donde expone en Moscú más de 300 de sus obras representativas y, en concreto, a partir de su exilio en Praga y la subida al poder del partido Nacional Socialista, Heartfield concentra sus punzantes críticas en la figura de Adolf Hitler y el Tercer Reich, denunciando la sociedad industrial capitalista, la intolerancia, el militarismo, el totalitarismo nacionalista y el anitisemitismo nazi mediante montajes como aquel en el que Hitler riega árboles del que nacen bombas y cascos de soldado, o aquel en el que el Fhurer traga oro y vomita basura.
El objetivo de su popular y directa obra es convencer a la desorientada y extremada sociedad alemana de los peligros escondidos bajo los discursos nacionalistas oficiales. Para mostrar la verdadera cara del nazismo realizó una obra ingente de fotomontajes fotográficos y de vídeo que desde Praga y publicadas en revistas obreras seguía enviando a su país, finalmente de manera clandestina.
Tras la presión del gobierno Nazi a las autoridades Checas pidiendo la extradición del artista, en 1938 Heartfield abandona Praga para trasladarse a Londres. Allí, curiosamente, y pese a haber sido uno de los mayores azotes del Regimen Nazi fue internado en los campos de Lutton y York donde los ingleses enviaban a los alemanes considerados enemigos del Imperio Británico.
Hasta 1948 no volvería a su país, tras 15 años de exilio, para dedicarse a la escenografía teatral y continuar con su actividad plástica. Su anterior exilio en un país occidental causó iniciales recelos entre intelectuales y políticos alemanes, hasta que en 1956 Brecht logró que le aceptaran en la Academia de las Artes Alemana.
Sería en el Berlín Oriental y a partir de la década de los años 50 cuando por fin se reconocería por público y crítica su imprescindible figura artística. Antes de su muerte en 1968 Heartfield aún construyo imágenes que, cargadas de ideología, han trascendido como icono de la modernidad y crítica al capitalismo hasta nuestros días.
De esta fase “visagra” del cine de Ripstein, es en la adaptación del libro homónimo de José Donoso, La
ciudad sin límites, donde aparece el personaje
más interesante –dado el conflicto social irresoluble en el que se embarca- y,
al mismo tiempo, más libre; el personaje en el que se representan o proyectan
nuevos rasgos del machismo vinculado la mexicanidad. La Manuela, homosexual
declarado, pájara parlanchina llena de vitalidad, el único personaje que no
trata de disimular su condición (no sólo sexual) y su deseo, que no miente, que
carece de máscara, que es puro y sincero.
Por fin un Alguien dentro de un mundo de Ningunos. Si
bien, y paradójicamente, es justo el único personaje sin máscara el más
expuesto a la realidad, a la dureza y hostilidad del ambiente, a la amenaza de
lo que proviene de afuera (de la misma que trataba de protegerse el padre de
familia de El castillo de la pureza),
"una amenaza que siempre flota en el aire y que obliga a cerrarnos al
exterior" (Octavio Paz). Manuela no se cierra y su exposición acaba con
ella; el ambiguo, el ambivalente, ella que es él, que no es padre ni madre
sino, en apariencia y comportamiento jerárquico, hijo de su propia hija, que no
es puta aun viviendo en el burdel; la Manuela, quien parece ser el único consciente
del estado de aislamiento y encierro en el que viven en ese pueblo casi
abandonado y con amenaza de desahucio.
Las reacciones que tropiezan frente al personaje de la
Manuela identifican de forma meridiana otro de los rasgos de la mexicanidad
resumido en El laberinto de la soledad por
Octavio Paz: “la homosexualidad masculina es tolerada, a condición de que se
trate de una violación del agente pasivo”; así la Manuela forma parte del
pueblo, se la respeta dentro de su condición de atracción extemporánea que
figura entre sus preferidos entretenimientos festivos, ser anacrónico y amoral,
fuente de risas y humillaciones de las que participa incluso el patriarca,
quien bromea sobre su condición y juguetea dialécticamente con ella/él… pero
siempre y cuando se mantenga pasiva, se convierta en un objeto pasivo.
Pero no ocurre así y la Manuela acaba tomando una
actitud autónoma y decidida frente a Pancho, frente al macho solitario y
hedonista, a quien seduce con su puesta en escena, su música y su vestido rojo,
a quien hace participar de su juego de ambigüedad y a quien acaba besando en la
boca en lo que se convierte en un beso activo y además correspondido dentro del
influjo casi mágico de su sensualidad.
Pero el macho es despertado de su ensueño por su
cuñado. Pancho se percata de haberse convertido en el agente pasivo, en el
“violado”, de haber abdicado al mostrar parte de la ambivalencia natural de
todo ser humano, de haberse abierto al exterior superando sus máscaras, ya que
“el macho es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse a sí
mismo y de guardar lo que se confía” (O.P.). Es la segunda vez que le ocurre
tras mostrarse vulnerable ante la japonesita, la hija de la Manuela, quien le encuentra
“llorando como una mujer” tras recibir el escarnio del Patriarca hastiado de su
desagradecimiento pese a haberlo tratado como a un hijo.
En ambos casos Pancho responde con fuerza y violencia,
como se le exige al macho, al “Gran chingón; una fuerza manifestada como
capacidad de herir, de rajar, aniquilar, humillar” (O.P.).
El macho deja de serlo cuando se confía, cuando se
abre y muestra su verdadero interior, cuando se quita la máscara; “el mexicano
puede doblarse, humillarse, pero no “rajarse”, esto es, permitir que el mundo
exterior entre en su intimidad” (O.P.); debe ser hermético, críptico,
invulnerable, de ahí que Pancho, descubierto en clara e impropia muestra de su
intimidad, deba rectificar ahondando en los rasgos del macho, borrando toda duda
sobre su hombría sirviéndose de la violencia y la brutalidad.
Esa violencia de macho despechado es la que acaba con la Manuela, con el
testigo directo de su vulnerabilidad; asesinado/a a golpes en un descampado por
el Gran Chingón en su afán de recuperar su posición dominante y autoritaria, en
su afán de recuperar su máscara y empoderarse tras ella; ya que cuando el macho
actúa ha de ser tajante en su explosión de ira y autoridad, no valen medias
tintas que pongan en entredicho su masculinidad, “chingar o ser chingados”
(O.P.), de ahí que la descarga de violencia se deba aplicar hasta sus últimas
consecuencias, hasta la muerte de quien ha penetrado en la intimidad y ha osado
observar el interior.
Es quizás, el marco en el que se encuadran las
películas aquí analizadas de Arturo Ripstein, el más negativo de la historia
para el cine mexicano. La política bananera del Presidente López Portillo del
77 al 82 cercenó cualquier esperanza por mantener una renovación visual y
temática que, al auspicio de los nuevos cines en otros países iberoamericanos,
había germinado entre la nueva generación de directores mexicanos de los 70.
Esa vuelta a las tradiciones más atávicas folclóricas y culturales y la consiguiente
decapitación de cualquier intento de transformar el cine, impidió que durante
todo el sexenio se desarrollaran en México con normalidad los proyectos que
pudieran caracterizarse por cualquier rasgo de experimentación, por simple
-narrativa, argumental o visualmente- que ésta resultara.
El sexenio negro para el cine mexicano influye, como
cabe esperar, de manera muy negativa en Ripstein, quien entra en el periodo
realizando cuatro films consecutivos en apenas dos años, menores pero muy
dignos en su propósito de sortear las trabas y disposiciones institucionales
–las cuatro películas aquí analizadas-, y lo finaliza concatenando productos
impersonales, mediocres y de escaso valor cinematográfico (La ilegal o El otro,
especialmente).
El ambiente cultural decadente y la vuelta a un
pasado artísticamente primitivo determinado por las instituciones y el sistema
corrupto por naturaleza, se refleja en Cadena perpetua como en ninguna otra
película del realizador. Tal y como afirma P. Antonio Paranaguá “en Cadena
Perpetua la parábola individual coincide una vez más con la parábola nacional”
y la mentira, la hipocresía y la simulación se mezclan con otros dos rasgos
esenciales de la personalidad social mexicana: la corrupción y el abuso de poder;
"la mentira política se instaló en nuestros pueblos casi
constitucionalmente" (Octavio Paz).
El exladrón y exproxeneta Tarzán Lira se esfuerza en
reintegrarse socialmente, consigue un empleo de cobrador en una sucursal
bancaria ocultando, con una nueva máscara de hombre decente, su propio pasado
al exterior e incluso a sí mismo; simulando no haber sido el ladrón que fue.
Pero la regeneración mediante la búsqueda de honestidad social nunca llega; el
Comandante Prieto, conocedor de sus crímenes anteriores, lo intimida y
chantajea, obligando a Lira a volver a delinquir.
"Un mexicano es siempre un problema para otro
mexicano y para sí mismo. El empleo de la violencia, los abusos de autoridad
contrasta con el escepticismo y la resignación del pueblo" (OP). Así, la
realidad establecida en términos de lucha por parte del mexicano se traduce en
jerarquías de poder: el policía sobre el exladrón, el marido sobre la esposa o
el exladrón proxeneta sobre las prostitutas; estratos sociales machistas y
clasistas cuyas normas son aplicadas mediante la violencia, la coacción y el
abuso de poder o necesidad.
Ese abuso de poder establecido, esa distinción
jerárquica, está a su vez presente en el prisma con el que se muestra la figura
de la mujer. "La mujer es un ser oscuro, secreto y pasivo, no tiene deseos
propios, sino que es el canal del apetito cósmico del macho" (OP). Si las
relaciones masculinas están basadas en la competencia y el conflicto -jamás
relaciones horizontales- en las que el humillador ahora puede ser humillado más
tarde en función del cargo, categoría o poder que ostente el de enfrente; la
figura de la mujer, sin embargo -esposa, madre, hija-, se muestra como símbolo,
como objeto o instrumento para alcanzar o el placer del hombre o ciertos fines
atávicos asignados moral o socialmente a la feminidad.
La mujer decente es la sufrida, la poseída, la
silente… La "mala" mujer, sin embargo, es la autónoma, la que viene
acompañada de "la idea de actividad", la emancipada de la tiranía
entre machista y paternalista que le impone la sociedad. "La mujer mala es
dura, impía, independiente, como el macho" (OP), como el personaje de
Matea en La viuda negra capaz de rechazar al médico y elegir al sacerdote,
capaz de amenazar al pueblo con la verdad de los secretos de confesión, como la
Tía Alejandra, que se alza frente a la mediania de la unidad familiar
liquidando a sus sobrinos, como las prostitutas, en especial la japonesita, en
El lugar sin límites.
El universo que se muestra en Cadena Perpetua es de dominación masculina,
recargado de símbolos fálicos y usos de refuerzo de la figura del macho
–lenguaje, modos de relacionarse, objetos y ritos que van desde el fútbol a los
billares-; un mundo masculino cerrado, en el que las mujeres esperan afuera a
ser utilizadas con un fin o propósito elegido por el hombre. Un mundo en el que
convergen las principales características del sistema patriarcal mexicano, que
según Charles R. Berg son: “la masculinidad, el machismo, la imagen nacional y
el Estado”.
La estructura del film no llegó a estar del todo cerrada durante la escritura del guión, sino que su envolvente mezcla de ficción y material de archivo fue
desarrollándose y puliéndose principalmente en la sala de montaje junto a Nelson Rodríguez
(editor de las más grandes cintas de la cinematografía cubana); montador intuitivo que introdujo incisivamente, entre otros muchos aciertos, su visión personal de influencia europea con los cortes
godardianos y los saltos de raccord de continuidad en las escenas de Sergio en
su apartamento.
El resultado es una película de estructura
narrativa episódica y fácilmente definible pero experimentalmente sobrescrita
con imágenes de archivo, noticiarios, tomas robadas por las calles de La Habana con cámara
oculta –a lo Jean Vigo en "A propósito de Niza", discursos políticos reales, fotografías o escenas
de otras películas; lo que le proporciona al film una extraña forma mixta de realidad y
ficción, obligando al protagonista, ser puramente dramatizado: "personaje", a insertarse en la realidad
histórica, en la Habana real de 1962; tal y como si un personaje caminara de
incógnito dentro de un documental. Y es el choque de la visión objetiva social
e histórica contra la subjetiva de Sergio lo configura toda la trama y define el
conflicto del personaje.
Un collage que mana del neorrealismo italiano, la nouvelle vague y, al mismo tiempo, del cine de soledad y desesperanza de
Antonioni, en el que el montaje vivísimo y de una agilidad rotunda de
Nelson Rodríguez cobra una importancia central en la consideración de la película como un "todo", gracias a sus procedimientos
narrativos experimentales y novedosos, la introducción de audios televisivos
alegóricos (como aquél que se superpone con el recuerdo de las discusiones pasadas del personaje con
su exmujer mientras éste se desespera en la soledad en su apartamento), la
inclusión de imágenes de noticiarios, de films de Brigitte Bardot o guiños a
Bergman.
A la hora de definir “Memorias del
subdesarrollo” a nivel formal podríamos recurrir a terminos como: collage de
imágenes o ficción documentada con recursos de metacine. Porque los juegos de
metacine se desarrollan continuamente en el film, por ejemplo cuando el propio
Gutiérrez Alea aparece por los pasillos del ICAIC dialogando con Sergio, el
protagonista, sobre las imágenes censuradas durante el periodo anterior a la Revolución, mientras se introduce
argumentalmente en la trama al realizar una prueba de actriz/cantante al nuevo ligue de su amigo.
Alea, al despedirse de Sergio, y en evidente e irónica declaración de
principios reconoce que “pensamos utilizar todas esas imágenes en una película;
será como uncollage”.
Fragmentación discursiva, experimentación audiovisual y proyecto político; novedad en la expresión fílmica para permitir acceder a universos de imaginados por Freud, Nietzsche, Marx o Sastre. Cada escena documental incluida añade no sólo
carga emocional sino que incide en la incertidumbre y desesperación del
personaje central, como si de aproximaciones objetivas/subjetivas a la realidad
se tratase, aumentando el reflejo de su estado de ánimo, de su pensamiento, de
sus recuerdos, de su conciencia, e incrementando, como reconoce el propio Alea,
“el ámbito de relaciones en que transcurren los sucesivos momentos del
protagonista”.
ESCENA DAGUERROTIPO:
Y el metacine lúcido se sucede, como en la brillantísima escena en la que Edmundo Desnoes, autor de la
novela en la que está basado el film y ayudante en la realización del guión,
participa como ponente en una mesa redonda titulada “literatura y
subdesarrollo”. En esas imágenes reales, de un coloquio verídico, se mueve Sergio,
como un fantasma de ficción dentro de la realidad, al igual que previamente ha hecho por la casa en la que residió Hemigway junto a su
“criado fiel” que les brinda un tour turístico, escuchando a Desnoes, a su
creador literario, aguantando con desidia y menosprecio sus opiniones sobre la
cultura en los países subdesarrollados, la influencia de los estados
imperialistas y la superación de la discriminación racial gracias a la
Revolución (mientras paradójicamente un camarero negro sirve agua a los ponentes blancos). En
ese contexto, Alea, en boca de Sergio proclama: “¿Y tú, Eddy, qué
haces allá arriba con ese tabaco? Debes sentirte muy importante porque aquí no
tienes mucha competencia. Fuera de Cuba no serías nadie… aquí en cambio estás
colocado. ¡Quién te ha visto y quién te ve, Edmundo Desnoes!".
Los ecos de “Memorias del subdesarrollo”,
elegida mejor película Iberoamericana de todos los tiempos por la Asociación
Cubana de la Prensa Cinematográficca con colaboración de la Fipresci, siguen
resonando hoy día, como lo siguen haciendo esas palabras tatuadas por su
protagonista en el cielo degradado e inamovible de la Habana: “Aquí nada ha
cambiado, todo sigue igual”; proclama que da más actualidad a la película hoy que la que
tuvo, incluso, en el momento de su estreno.
Sería en el año 1968, nueve después después de la fundación del ICAIC, asentada la Revolución en las conciencias populares e
inmersa Cuba en conflictos ya no nacionales (Girón o la crisis de los
misiles) sino de calado mundial (Girón, la crisis de los misiles, la injerencia norteamericana, su alineamiento con Moscú... que permiten reforzar entre la población el
concepto socialista de patria y ahondar en el sentimiento revolucionario entre los
cubanos), cuando surgen las dos primeras grandes películas de la historia del
cine caribeño, “Lucía” de Humberto Solás y, especialmente, “Memorias del
subdesarrollo” de Tomás Gutiérrez Alea; filmes de arte, influenciados por las
vanguardias europeas no sólo en su estilo sino también en su intención
existencialista y de compromiso crítico, cuyo propósito no será mostrar
incondicionalmente las bondades y virtudes de la Revolución sino que deciden acercarse a ella de manera transversal, mostrando la soledad e incertidumbre de
personajes incapaces de comprender las transformaciones sociales que ocurren a
su alrededor.
Gutiérrez Alea ya había dirigido otras cuatro
películas, entre ellas las comedias “Las doce sillas” y “La muerte de un burócrata”, con
las que comienza a interesarse por la complejidad de los procedimientos sociales y su repercusión en la vida de quienes de estas sociedades participan como animales grupales. Ya por entonces Alea era considerado como uno de los directores y teóricos cinematográficos
más dotados de la Isla, si bien sería con “Memorias del subdesarrollo” con la
que gracias a su condición de observador ambiguo y temerario en su actitud de duda vital, búsqueda continua y replanteamiento social, acabará por asentarse en el trono del cine cubano.
“Pensar que antes la llamaban el París del
Caribe”, proclama Sergio, el polisémico protagonista del film, en referencia a
La Habana, “y ahora más bien parece una Tegucigalpa del Caribe”. Sergio camina
por las calles habaneras tras el triunfo de la Revolución, tratando de reflejarse, sin resultados, entre los rostros de una masa de la que se resiste
a formar parte.
Ya en la primera escena trasciende la soledad del personaje,
ajeno tanto a su clase acomodada como al pueblo, al despedirse en el aeropuerto
de su mujer y sus padres, que huyen a Miami temerosos de perder sus privilegios
sociales, con la misma indiferencia, incluso alivio, con la que recibe el
triunfo de la Revolución o deducimos que había soportado hasta entonces el
Régimen de Batista. Su soledad reside en la imposibilidad de entender lo que
ocurre fuera de su apartamento, guarida amenazada con ser nacionalizada y que
le sirve como celda y zigurat, refugio como el de Mónica Vitti en “El eclipse”, asilo de esa
otra “escenografía, esa ciudad de cartón” que es La Habana revolucionaria, una
urbe ajena e inalcanzable, incomprensible. “¿Qué sentido tiene la vida para
ellos?”, pregunta en su monólogo en off “¿Y para mí?”.
La lucidez del protagonista a la hora de
analizar la vacuidad de la sociedad burguesa batistiana y sus rastros de clase
decadente durante los primeros años de la Revolución o las miserias de los
contrarrevolucionarios a la hora de invadir Playa Girón, no impiden que se
muestre igualmente crítico con la sociedad naciente al achacarles su falta de
referentes culturales o espirituales. “No es una película que critica desde
afuera, como personaje. La crítica nos compromete, porque estamos dentro”,
reconoce el realizador.
Ese vaivén de ambigüedad es aplicable a la propia actitud del
personaje, ya que sus miserias parecen justificarse dentro del caos exterior
marcado por la incertidumbre que trasciende a los personajes y a una sociedad
recién creada y de puntales de desconocida resistencia.
Egocéntrico y misógino, su posición de
observador crítico e implacable de sus amigos, de sus familiares, de su entorno, de la masa y de sí
mismo, le hace caer en lugares comunes y al mismo tiempo en reflexiones
lúcidas.
Esa dualidad crítica del personaje que al
mismo tiempo abomina de la intervención imperialista norteamericana pero desconfía
de la actuación de los barbudos en el poder, determina sus relaciones
personales con familia, amigos y amantes; convirtiéndolo, con cierta actitud de
superioridad burguesa decadente, en un ser, dentro de los cánones sociales para él
incomprensibles, egoísta, misógino y descreído; un individuo que se mantiene ajeno al estado de ánimo
colectivo que reina a principios de los 60 en la isla; alguien que siempre ha
tratado de vivir como un europeo y que se siente tan alejado de la clase a la
que pertenece (una burguesía cubana que como único deseo tiene el de huir a
Miami) como del pueblo cubano,subdesarrollado, como él lo considera, incapaz de “relacionar las cosas,
de acumular experiencias y desarrollarse”.
Tal es así que acaba el personaje minimizado por un entorno
hostil e indescifrable, sumido en la soledad de su apartamento, con el recuerdo
mitificado de un antiguo amor extranjero, la fantasía con la limpiadora de su apartamento, el
fracaso social y moral al enfrentarse al escarnio judicial por abuso a una menor,
detestando y detestado a y por su familia y sus amigos; solo, mientras la crisis de los misiles
estalla ahí afuera, en una solución dramática improvisada por Alea y Nelson
Rodríguez en la sala de montaje; sumergido en sus propios fantasmas.
Sorprende comprobar como una misma perversión humana puede
permanecer de verosímil actualidad durante más de 50 años, hasta el punto de
poder ser considerada tan propia y consustancial a la sociedad mexicana de la
década de los 50 del siglo pasado como a la griega de hoy en día.
A finales de los años 50 trascendió en Ciudad de México el
caso de Rafael Pérez, iluminado y obsesivo paranoico, autodenominado
“librepensador”, que ante la violenta y brutal realidad social de la época
decidió proteger a su familia encerrándola en su propia casa, negándoles la
posibilidad de mantener ningún tipo de contacto con el hostil exterior. Rafael
Pérez se mantuvo durante dos décadas como único vínculo entre los dos mundos,
mientras su familia permanecía aislada, en una cuarentena eterna. A lo largo
del encierro, comenzado en un principio por él y su mujer, nacieron 6 hijos
(bautizados con nombres más propios del anarquismo utópico que del México
postrevolucionario: Libertad, Voluntad, Porvenir…), los cuales hasta el día de la
detención del padre no habían salido jamás de su “castillo de la pureza”, tal y
como Ripstein y el escritor y cooguionista Jose Emilio Pacheco decidieron
llamar a la casa y omónimamente a la película que del suceso realizaron. Un
título tomado de un verso de Ígitur de Mallarmé “alejada la nada queda el
Castillo de la pureza” y ya utilizado anteriormente por el gran diseccionador
de la mexicanidad, Octavio Paz, para un ensayo sobre Duchamp.
La película se inicia presentando la casa –la cárcel, el
castillo-; construcción colonial típica del cine de Ripstein vertebrada en
torno a un patio central centrífugo, y definiendo su denso y agobiante tono
simbólico: lluvia constante y unidad fotográfica en ocre. Por la casa -su
patio, sus habitaciones superiores, el taller y sus galerías bajas- se mueven
como autómatas y como si de un solo ser unitario fuera, la mujer y los tres
hijos del protagonista, de nombre Gabriel Lima.
Desde el inicio, sin concesiones, presenciamos lo aberrante
cotidiano, la perversión de unos códigos alterados en términos disciplinarios,
autoritarios y conductistas, que llevan a la anulación de las personalidades de
mujer e hijos mientras, indefensos, asumen su completa confianza y dependencia
por el Dios que impone y dispone normas, conductas y convenciones. Para la
familia Lima lo opresivo es lo de afuera, aun sin conocerlo; el encierro
verdadero, la cárcel, se produce en el exterior, no en el castillo donde
permanece protegida viviendo “libre” de tentaciones, vicios, violencia y
corrupción. “Afuera es feo”, proclama el personaje de la hija mayor
interpretado por Diana Bracho.
Los castigos rituales, la educación sistemática, la cotidianidad
inalterable y cronometrada, los ejercicios físicos marciales a golpe de bastón,
la rutina laboral –los hijos sostienen en una suerte de explotación laboral la
economía familiar al dedicarse a preparar raticidas que el padre vende por
droguerías y farmacias-, nos muestran la obsesión paterna por construir un
pequeño mundo totalitarista mediante el que proteger del exterior a su familia
y librarlos de la corrupción exterior; una corrupción de la que él goza en sus
puntuales salidas descargando sus pasiones e instintos a espaldas de su
familia.
La familia permanece aislada no sólo del espacio exterior sino
del tiempo presente, así, los juegos que practican los hijos junto a su madre
–basados argumentalmente en aguafuertes de Goya- resultan no sólo ambiguamente
eróticos y sensuales, sino ingenuamente anacrónicos, tanto como la relación que
mantienen los “encerrados” con la lluvia, único elemento externo presente e
incontrolable, símbolo de libertad, y con la que se empapan gozosamente en sus
momentos de descanso de forma entre ritual y manumisora.
Pero poco a poco los muros del castillo comienzan a agrietarse:
las primeras pulsiones sexuales de sus hijos mayores que concluyen con un
episodio de incesto descubierto y reprimido por el padre, los celos con su
mujer a la que le achaca no haber sido virgen en el momento de haberse conocido
veinte años antes, la falta gradual de disciplina por parte de sus hijos… llevan
al Dios obsesivo, retratado como el personaje maniático y paranoico de “Él” de
Buñuel, a afianzar contrariado su autoridad sobre la familia aplicando nuevos,
gratuitos y más aberrantes castigos que de tan insostenibles acaban por germinar en un principio de reacción de
rebeldía y de necesidad de huida por parte de sus hijos.
La noticia real del encierro inspiró en México, además de la
adaptación de Ripstein, la novela “La carcajada del gato” de Luis Spota y la
obra teatral “Los motivos del lobo” de Sergio Magaña. Cuenta Ripstein que
mientras escribía el guión junto José Emilio Pacheco siempre creyó estar
realizando una comedia ligera, “cuando se lo leímos a nuestras esposas, nos
miraron con unos ojos verdaderamente de pánico, mientras Pacheco y yo nos
botábamos al suelo de la risa”. Curiosamente, esa ironía que el director
consideró que trascendía en su guión fue desarrollada, con un sentido más
mediterráneo, casi cuarenta años más tarde por el griego Giorgos Lanthimos en
su igualmente perversa “Canino”. No mucho habrá cambiado la cosa para que en
ambas películas descubramos un más que creíble y contemporáneo reverso de una
sociedad que tiende a esconder su mierda bajo la alfombra.
ESCENA DAGUERROTIPO
Gabriel Lima entra en el coche policial tras ser detenido.
Tras una denuncia relacionada con la licencia de fabricación de los raticidas
dos agentes de policía le han acompañado a casa. Justo en el momento en que los
policías cruzan la puerta Gabriel Lima se derrumba. Dos intrusos han mancillado
la pureza de su castillo, invadiéndolo y violando su sacralidad. Se resiste,
amenaza con matar a su hijo, trata de incendiar la casa hasta que finalmente es
reducido.
Huérfanos, su mujer y sus hijos, con periódicos en la cabeza
al ser ya sensibles a una lluvia que pertenece a un exterior que de pronto es
ya alcanzable, permanecen bajo el quicio de la puerta de entrada al castillo.
Suenan sirenas y tambores en claro homenaje al Nazarín de Buñuel -película
fundamental para Ripstein y por la que tras verla decidió dedicarse al cine-.
La película se cierra con el close-up del rostro de la madre, seria, reflexiva,
dudando entre esperar a su marido u ocupar ella el espacio vacante del Dios.