jueves, 8 de marzo de 2012

Sonidos de Rayuela. Capitulo 90

1.     The Yas yas girl. Merline Johnson. Sold it to the devil

En esos casos Oliveira agarraba una hoja de papel y escribía las grandes palabras por las que iba resbalando su rumia. Escribía, por ejemplo: “El gran hasunto”, o la “hencrucijada”. Era suficiente para ponerse a reír y cebar otro mate con más ganas. “La hunidad”, hescribía Oliveira. “El hego y el hotro”. Usaba las haches como otros la penicilina.



2.     John Coltrane. A love supreme. Parte III, Pursuance.

Ser actor significaba renunciar a la platea, y él parecía nacido para ser espectador en fila uno. “Lo malo” se decía Oliveira, “es que además pretendo ser un espectador activo y ahí empieza la cosa”.


Sonidos de Rayuela. Capítulo 19

W. A. Mozart. Piano Sonata No 2.

-Yo creo que te comprendo –dijo La Maga, acariciándole el pelo-. Vos buscás algo que no sabés lo que es. Yo también y tampoco sé lo que es (…). Tenés miedo, querés estar seguro. No sé de qué… Sos como un médico, no como un poeta.

Oliveira cebó otro mate, mirando de reojo la cubierta de un Deutsche Grammophon Gessellschaft que le había pasado Ronald y que vaya a saber cuando podría escuchar sin que Rocamadour aullara y se retorciera (…). “Si se me acaba la yerba estoy frito”, pensó Oliveira. “Mi único diálogo verdadero es con este jarrito verde”.

Sonidos de Rayuela. Capítulo 153

Astor Piazzola. Verano porteño. 

 Porteño y todo, lo han de poner overo, si se descuida.

 

miércoles, 7 de marzo de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 18

1.     Louis Armstrong & His hot five. Struttin with some barbecue.

…la cara tan triste de la Maga mirando a Gregorovius mirando a la Maga mirando a Gregorovius, Struttin' with some barbecue, Babs que lloraba de nuevo para ella, escondida de Ronald que no lloraba pero tenía la cara cubierta de humo pegado, de vodka convertido en una aureola absolutamente hagiográfica.


2.     Johnny Dodds. Melancholy.
3.     Albert Nicholas. Weary Blues

Problema: ¿Johnny Dodds o Albert Nicholas?. Dodds, casi seguro. Nota: preguntarle a Ronald.



4.     Zutty Singleton & his orchestra. King Porter Stomp.

El baterista no puede ser sino Zutty Singleton, ergo el clarinete es Johnny Dodds, jazzología, ciencia deductiva, facilísima después de las cuatro de la mañana. Desaconsejable para señores y clérigos.


5.     Georgia Jazz Band. Jelly beans blues.

Horacio resbaló un poco más y vio muy claramente todo lo que quería ver. No sabía si la empresa había que acometerla desde arriba o desde abajo, con la concentración de todas sus fuerzas o más bien como ahora, desparramado y líquido, abierto a la claraboya, a las velas verdes, a la cara de corderito triste de la Maga, a Ma Rainey que cantaba Jelly Beans Blues.


6.     Oscar Peterson. Oscar`s blues

Y la Maga estaba llorando, Guy había desaparecido, Etienne se iba detrás de Perico, y Gregorovius, Wong y Ronald miraban un disco que giraba lentamente, treinta y tres revoluciones y media por minuto, ni una más ni una menos, y en esas revoluciones Oscar's Blues, claro que por el mismo Oscar al piano, un tal Oscar Peterson, un tal pianista con algo de tigre y felpa, un tal pianista triste y gordo, un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya, en fin, literatura.

martes, 6 de marzo de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 97

Richard Wagner. Tristán e Isolda. Preludio.

Las cosas en bruto: conductas, resultantes, rupturas, catástrofes, irrisiones.

Sonidos de Rayuela. Capítulos 137 y 17

1.     Jelly Roll Morton. Mamie’s blues.

A Guy Monod se le había ocurrido despertarse cuando Ronald y Etienne se ponían de acuerdo para escuchar a Jelly Roll Morton aunque era divertido oír la lluvia en la claraboya y que Jelly Roll cantara: Stood in a corner, with her feet soaked and wet…
Jelly Roll estaba en el piano marcando suavemente el compás con el zapato a falta de mejor percusión, Jelly Roll podía cantar Mamie’s Blues hamacándose un poco, los ojos fijos en una moldura del cielo raso, o era una mosca que iba y venía o una mancha que iba y venía en los ojos de Jelly Roll. Two-nineteen done took my baby away … La vida había sido eso, trenes que se iban llevándose y trayéndose a la gente mientras uno se quedaba en la esquina con los pies mojados, oyendo un piano mecánico y carcajadas manoseando las vitrinas amarillentas de la sala donde no siempre se tenía dinero para entrar. Two-nineteen done took my baby away … Babs había tomado tantos trenes en la vida, le gustaba viajar en tren si al final había algún amigo esperándola, si Ronald le pasaba la mano por la cadera, dulcemente como ahora, dibujándole la música en la piel, Two-seventeen’ll bring her back some day, por supuesto algún día otro tren la traería de vuelta, pero quien sabe si Jelly Roll iba a estar en ese andén, en ese piano, en esa hora en que había cantado los blues de Marie Desdume, la lluvia sobre una claraboya de París a la una de la madrugada, los pies mojados y la puta que murmura If you can´t give dollar, gimme a lousy dime, Babs se hacía una idea muy especial de las camas de los reyes pero de todos modos alguna mujer habría dicho una cosa así, If you can´t give a million, gimme a lousy ground, cuestión de proporciones, y por qué el piano de Jelly Roll era tan triste, tan esa lluvia que había despertado a Guy, que estaba haciendo llorar a la Maga, y Wong que no venía con el café.


2.     Arnold Schoenberg. Opus 19.

-       Por supuesto no es una medalla de Pisanello –dijo Oliveira. 
-       Ni un opus cualquier cosa de Schoenberg –dijo Ronald-.



3.     Sonny Rollins whit the modern jazz quartet. In a sentimental mood.

- ¿Alguna vez tuviste los zapatos metidos en el agua a medianoche? Jelly Roll sí, se ve cuando canta, es algo que se sabe, viejo. 
- Yo pinto mejor con los pies secos –dijo Etienne-. Y no me vengas con argumentos de la Salvation Army. Mejor harías en poner algo inteligente, como esos solos de Sonny Rollins. Por lo menos los tipos de la West Coast hacen pensar en Jackson Pollock o en Tobey, se ve que ya han salido de la edad de la pianola y la caja de acuarelas.


4.     Fred Waring’s Pennsyvanians. Stack O’Lee blues.
5.     Hoagy Carmichael. Stardust.
6.     Horace Silver. Song for my father.
7.     Little Walter. The blues with a feeling.
8.     Ella Fitzgerald & Duke Ellington. Jazz Samba.
9.     Jelly Roll Morton. Wild man blues.

- No le hagás caso, Ronald, con la mano libre que te queda sacá el disquito del Stack O’Lee Blues, al fin y al cabo tiene un solo de piano que me parece meritorio. 
-Lo del progreso en el arte son tonterías archisabidas –dijo Etienne -. Pero en el jazz como en cualquier arte hay siempre un montón de chantajistas. Una cosa es la música que puede traducirse en emoción y otra la emoción que pretende pasar por música. Dolor paterno en fa sostenido, carcajada sarcástica en amarillo, violeta y negro. No, hijo, el arte empieza más acá o más allá, pero no es nunca eso.
Nadie parecía dispuesto a contradecirlo porque Wong esmeradamente aparecía con el café y Ronald, encogiéndose de hombros, había soltado a los Warring’s Pennsylvanians y desde un chirriar terrible llegaba el tema que encantaba a Oliveira, una trompeta anónima y después el piano, todo entre un humo de fonógrafo viejo y pésima grabación, de orquesta barata y como anterior al jazz, al fin y al cabo de esos viejos discos, de los show boats y de las noches de Storyville había nacido la única música universal del siglo, algo que acercaba a los hombres más y mejor que el esperanto, la Unesco o las aerolíneas, una música bastante primitiva para alcanzar universalidad y bastante buena para hacer su propia historia, con cismas, renuncias y herejías, su charleston, su black bottom, su shimmy, su foxtrot, su stomp, sus blues, para admitir las clasificaciones y las etiquetas, el estilo esto y aquello, el swing, el bebop, el cool, ir y volver del romanticismo y el clasicismo, hot y jazz cerebral, una música-hombre, una música con historia a diferencia de la estúpida música animal de baile, la polka, el vals, la zamba, una música que permitía reconocerse y estimarse en Copenhague como en Mendoza o en Ciudad del Cabo, que acercaba a los adolescentes con sus discos bajo el brazo, que les daba nombres y melodías como cifras para reconocerse y adentrarse y sentirse menos solos rodeados de jefes de oficina, familias y amores infinitamente amargos, una música que permitía todas las imaginaciones y los gustos, la colección de afónicos 78 con Freddie Keppard o Bunk Johnson, la exclusividad reaccionaria del Dixieland, la especialización académica en Bix Beiderbecke o el salto a la gran aventura de Thelonius Monk, Horace Silver o Thad Jones, la cursilería de Erroll Garner o Art Tatum, los arrepentimientos o las abjuraciones, la predilección por los pequeños conjuntos, las misteriosas grabaciones con seudónimos y denominaciones impuestas por marcas de discos o caprichos del momento y toda esa francmasonería de sábado por la noche en la pieza del estudiante o en el sótano de la peña, con muchachas que prefieren bailar mientas escuchan Star Dust o When your man is going to put you down, y huelen despacio y dulcemente a perfume y a piel y a calor, se dejan besar cuando es tarde y alguien ha puesto The blues with a feeling y casi no se baila, solamente se está de pie, balanceándose, y todo es turbio y sucio y canalla y cada hombre quisiera arrancar esos corpiños tibios mientras las manos acarician una espalda y las muchachas tienen la boca entreabierta y se van dando al miedo delicioso y a la noche, entonces sube una trompeta poseyéndolas por todos los hombres, tomándolas con una sola frase caliente que las deja caer como una planta cortada entre los brazos de los compañeros, y hay una inmóvil carrera, un salto al aire de la noche, sobre la ciudad, hasta que un piano minucioso las devuelve a sí misma, exhaustas y reconciliadas y todavía vírgenes hasta el sábado siguiente, todo eso en una música que espanta a los cogotes de platea, a los que creen que nada es de verdad si no hay programas impresos y acomodadores, y así va el mundo y el jazz es como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde y esta noche en Viena está cantando Ella Fitzgerald mientras en París Kenny Clarke inaugura una cave y en Perpignan brincan los dedos de Oscar Peterson, y Satchmo por todas partes con el don de ubicuidad que le ha prestado el Señor, en Birmingham, en Varsovia, en Milán, en Buenos Aires, en Ginebra, en el mundo entero, es inevitable, es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore: una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia mexicanos con noruegos y rusos y españoles, los reincorpora al oscuro fuego central olvidado, torpe y mal y precariamente los devuelve a un origen traicionado, les señala que quizás había otros caminos y que el que tomaron no era el único y no era el mejor, o que quizá había otros caminos y que el que tomaron era el mejor, pero que quizá había otros caminos dulces de caminar y que no los tomaron, o los tomaron a medias, y que un hombre es siempre más que un hombre y siempre menos que un hombre, más que un hombres porque encierra eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues, etcétera, etcétera.
I could sit right here and think a thousand miles away,
I could sit right here and think a thousand miles away,
Since I had the blues this bad, I can’t remember the day…

domingo, 4 de marzo de 2012

Cortázar y Las Malvinas. Noticias espigadas en la cosmopista.


Lunes, 24 de mayo, 1982.
En las Malvinas, los ingleses y los argentinos se matan cada vez más salvajemente, según la radio.

Miércoles, 26 de mayo, 1982.
No voy a ocuparme aquí de las Malvinas, pues, como muy bien lo dice la Biblia en alguna parte, cada cosa tiene su tiempo y su lugar; me limito a preguntarme si tantos ingleses en la autopista no será una manera perfectamente británica de que muchos de llos le estén haciendo un corte de mangas a Maggie Thatcher y cambiando los pingüinos de Port Stanley por la ruleta de Montecarlo.


Sábado, 29 de mayo, 1982.
Cuando usted lea esta página, las noticias de esta tarde serán ya un mero gajito en la inmensa naranja del tiempo, cosas y cosas habrán sucedido y, como cantaba Jean Sablon en los viejos tiempos,

Tout passe, tout casse, tout lasse,
Un autre aura ma place…

Otra guerra arderá en otros horizontes, etcétera. Pero hoy es ésta y es nuestra, es América Latina. ¿cómo no llenarse de angustia ante la siniestra pantonima de una junta militar que, sabiéndose rechazada por la población civil, opta por una fuga hacia delante y se lanza a la reconquista de la Malvinas, sabiendo perfectamente que eso manda a la muerte a millares de conscriptos mal entrenados y equipados? ¿cómo no sentir náuseas frente a la estupida adhesión de una mayoría de argentinos que en estos últimos años han vivido día tras día la opresión, los asesinatos, la tortura y la desaparición de millares de compatriotas?



Martes, 1 de junio, 1982.
¿Creen que es fácil avanzar por esta maldita autopista cuando uno no tiene coche? ¿Y en estos días, nosotros argentinos y los autos casi todos de su Majesty?

Jueves, 17 de junio, 1982
Anoche, después de las tristezas finales de la estupida guerra de las Malvinas, France Inter nos regaló un programa que jamás un expdicionario de veras hubiera podido pasar por alto. Un equipo tan científico como el nuestro transmitiá desde Escocia y a orillas del Lago Ness un detallado informe sobre Nessy.


Viernes, 18 de junio, 1982
Tengo también una entera casette con la voz de Eladia Blázquez cantando sus canciones, que en estos días, al final de esta imbécil y siniestra guerra de La Malvinas, parecen todavía más verdaderas: Somos como somos, Patente de piola, Vamos en montón…




“Los autonautas de la cosmopista” Julio Cortázar y Carol Dunlop.

viernes, 2 de marzo de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 16

1.     Duke Ellington y su orquesta. Hot and Bothered.

- En resumen -opinó Ronald- ya sería tiempo de escuchar algo así como Hot and Bothered.
- Título apropiado a las circunstancias rememoradas -dijo Oliveira llenando su vaso-.


2.     Duke Ellington y su orquesta. I don’t mean a thing.
3.     Pete Johnson (Big Joe Turner). Roll ‘Em Pete.

Por un instante la máquina Ellington los arrasó con la fabulosa payada de la trompeta y Baby Cox, la entrada sutil y como si nada de Johnny Hodges, el crescendo (pero ya el ritmo empezaba a endurecerse después de treinta años, un tigre viejo aunque todavía elástico) entre riffs tensos y libres a la vez, pequeño difícil milagro: Swing, ergo soy. Apoyándose en la manta esquimal, mirando las velas verdes a través de la copa de vodka (íbamos a ver los peces al Quai de la Mégisserie) era casi sencillo pensar que quizá eso que llamaban la realidad merecía la frase despectiva del Duke, It don't mean a thing if it ain't that swing, pero por qué la mano de Gregorovius había dejado de acariciar el pelo de la Maga, ahí estaba el pobre Ossip más lamido que una foca, tristísimo con el desfloramiento archipretérito, daba lástima sentirlo rígido en esa atmósfera donde la música aflojaba las resistencias y rejía como una respiración común, la paz de un solo enorme corazón latiendo para todos, asumiéndolos a todos. Y ahora una voz rota, abriéndose paso desde un disco gastado, vieja tristeza anacreóntica, un carpe diem Chicago 1929.
You so beautiful but you gotta die some day,                You so beautiful but you gotta die some day,               
All I want's a little lovin' before you pass away.  
De cuando en cuando ocurría que las palabras de los muertos coincidían con lo que estaban pensando los vivos (sí unos estaban vivos y los otros muertos).



4.     Earl Hines. I ain’t got nobody.

Y de golpe, con una desapasionada perfección, Earl Hines proponía la primera variación de I ain't got nobody, y hasta Perico, perdido en una lectura remota, alzaba la cabeza y se quedaba escuchando.

Desvalida, se le ocurrían pensamientos sublimes, citas de poemas que se apropiaba para sentirse en el corazón mismo de la alcachofa, por un lado I ain't got nobody, and nobody cares for me, que no era cierto ya que por lo menos dos de los presentes estaban malhumorados por causa de ella, y al mismo tiempo un verso de Perse, algo así como Tu est là, mon amour, et je n'ai lieu qu'en toi.

Sonidos de Rayuela. Capítulo 120


 Karlheinz Stockhausen. Helicopters.

Ireneo hubiera querido poder estar también dentro del hormiguero para ver cómo las hormigas tiraban del gusano metiéndole las pinzas en los ojos y en la boca y tirando con todas sus fuerzas hasta meterlo del todo, hasta llevárselo a las profundidades y matarlo y comérselo.

jueves, 1 de marzo de 2012

Sonidos de Rayuela. Capítulo 15

1.     Ma Rainey & her Georgia band. Yonder come the blues.
2.     Fats Waller. Ain’t Misbehavin.

-Mirá- le dijo Oliveira a Babs, que se había vuelto con él después de pelearse con Ronald que insistía en escuchar a Ma Rainey y se despectivaba contra Fats Waller-, es increíble cómo se puede ser de canalla.







3.     The Chocolate Dandies. Blue interlude.

Arrancándose a todo como si desplumara un viejo gallo cadavérico que resiste como macho que ha sido, suspiró aliviado al reconocer el tema de Blue Interlude, un disco que había tenido alguna vez en Buenos Aires. Ya ni se acordaba del personal de la orquesta pero sí que ahí estaba Benny Carter y quizá Chu Berry, y oyendo el difícilmente sencillo solo de Tedy Wilson decidió que era mejor quedarse hasta el final de la discada. Wong había dicho que estaba lloviendo, todo el día había estado lloviendo. Ese debía ser Chu Berry, a menos que fuera Hawkins en persona, pero no, no era Hawkins. "Increíble cómo nos estamos empobreciendo todos", pensó Oliveira mirando a la Maga que miraba a Gregorovius que miraba el aire.




4.     Champion Jack Dupree. Junker’s blues.
5.     Big Bill Broonzy. Get back.

Cualquier cosa podía ser mas interesante que adivinar el diálogo entre la Maga y Gregorovius. Encontrar una barricada, cualquier cosa, Beny Carter, las tijeras de uñas, el verbo gond, otro vaso, un empalamiento ceremonial exquisitamente conducido por un verdugo atento a los menores detalles, o Champion Jack Dupree perdido en los blues, mejor barricado que él porque (y la púa hacía un ruido horrible)                     
Say goodbye, goodbye to whiskey                 Lordy, so long to gin,                       
Say goodbye, goodbye to whiskey                  Lordy, so long to gin.                     
I just want my reefers,                                I just want to feel high again
De manera que con toda seguridad Ronald volvería a Big Bill Broonzy, guiado por asociaciones que Oliveira conocía y respetaba, y Big Bill les hablaría de otra barricada con la misma voz con que la Maga le estaría contando a Gregorovius su infancia en Montevideo, Big Bill sin amargura, matter of fact,
They said if you white, you all right,           If you brown, stick aroun'               
But as you black                                         Mm, mm, brother, get back, get back, get back.


Sonidos de Rayuela. Capítulos 114 y 117

1.     L. V. Beethoven. Heroica. Marcha fúnebre.

He visto a un Tribunal apremiado y hasta amenazado para que condenara a muerte a dos niños.