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viernes, 11 de marzo de 2011

Monográfico Daguerrotipo 2. La educación a ojos del cine


No siempre el cine ha logrado acercarse a la realidad educativa con rigor; siendo exactos, diríamos que las menos de las veces. En algunos casos por su poco comprometido propósito o su mera finalidad como producto de entretenimiento ligero, comercial y de masas, al que apenas nada le importa presentar el aparato educativo de manera tan irreal como el cine gore o el porno podría hacer a la hora de representar la realidad (El club de los poetas muertos de Peter Weir o Los chicos del coro de Christophe Barratier). En otras ocasiones, por pecar de un oportunismo tendencioso y superficial, como Bullying, de Josecho San Mateo, película que responde a una demanda social impostada y artificial establecida por los medios de comunicación, por quién sabe qué fines, y que, dada su escasa profundidad y su falta de sinceridad, fallecen mientras la alarma social que las generó se desplaza a cualquier otro foco de denuncia social (si de reflexión moral y filosófica sobre el acoso escolar se trata, Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil y su adaptación a las pantallas por parte de Volker Schlondorf siguen siendo insuperables).

En otros casos, y pese a poder rescatar de ellas ciertos aspectos reseñables –principalmente el propósito documental–, algunas aproximaciones al mundo educativo se derrumban por tender a cierta simplificación maniquea de las conductas y los roles de los miembros de la comunidad educativa (La ola, de Dennis Gansel), por mitificar en términos cuasiépicos la función y responsabilidad de la profesión docente frente a una sociedad a la deriva (Rebelión en las aulas, de James Clavell, o Mentes peligrosas, de John N. Smith), por regodearse en el inconformismo y en cierto resentido discurso antisistema enfrentado a los patrones educativos y sociales victorianos (If, de Lindsay Anderson, o ciertas escenas iniciales de The Wall de Allan Parker), por apuntalarse sobre vigas de rancia caspa pseudonostálgica (El florido pensil, de Juan José Porto), por descargar sin tino ni concierto ante un blanco cómodo e irrefutable los fantasmas del propio director (La mala educación, de Almodóvar), por…

Son muchas, ya digo (imprescindible nos resulta incluir en este inventario los gritos de reivindicación elemental/primaria/desgarrada que, en defensa de la enseñanza y de su reconocimiento como única vía eficaz para luchar frente al horror, la intolerancia o la burocratización, lanza Samira Makhmalbaf tanto en La pizarra, como en su cortometraje incluido en la película colectiva 11-S, o Zhang Yimou en Ni uno menos), las películas que abordan, instrumental o argumentalmente, con más o menos éxito, con o sin rigor, el mundo educativo, aunque casi ninguna de la forma en la que lo hacen los filmes franceses.

Algo hay de respeto institucional, de apoyo unánime e incuestionable a la función y objetivo pedagógico y docente, de admiración crítica al modelo de escuela republicana, de propósito de dignificación social del oficio, de compromiso humanístico, de honradez cinematográfica, que convierte a un puñado de ficciones y documentales franceses en obras esenciales para tratar de comprender la realidad educativa actual y su evolución histórica. Tanto Jean Vigo en Cero en conducta como Laurent Cantet enLa clase, pasando por François Truffaut en El niño salvaje, Bertrand Tavernier en Hoy empieza todo o Nicholas Philibert en Ser y tener, demuestran que el cine sólo logra convertirse en herramienta artística de denuncia social cuando parte de la honradez.

sábado, 13 de noviembre de 2010

La clase. LAURENT CANTET. Francia, 2009.



Documentemos a Sísifo. La clase, palma de Oro en Cannes (traducción poco acertada de Entre les murs), indaga, con una verosimilitud jamás alcanzada anteriormente por el cine, en la cotidianidad de un centro de enseñanza secundaria, elevando la escuela pública –laica, obligatoria, gratuita– a muestra representativa y caja de resonancia de la actual situación social francesa (y de paso española). La película describe la práctica docente desprendiendo veracidad, nada resulta solemne ni engañoso, no se escuchan mensajes manidos ni tópicamente envasados, no existen héroes ni villanos, sólo una tangible muestra de compromiso y de áspero esfuerzo por educar y aprender. Un esfuerzo, tan vívido, que el espectador acaba igual de exhausto que el profesor y sus alumnos.

François Begaudeau (autor del libro homónimo, coguionista, ex profesor y protagonista del film) se interpreta a sí mismo en clave pseudo-documental con el objetivo de desmitificar la figura del docente, haciéndole cometer continuos errores, asumiendo riesgos suicidas en el aula derivados de la situación de incertidumbre e incesante replanteamiento pedagógico en la que se mueve el profesorado actual, sobrepasado por la heterogeneidad del alumnado y por el inmovilismo de una institución a la que la sociedad exige la primera y más determinante socialización de sus individuos: la escuela, el lugar público por excelencia. De una decisión ‘errónea’ surge la historia que vertebra dramáticamente la película y que evidencia la insensibilidad y autonomía que respecto de sus miembros posee la institución educativa. Para ello Cantet crea el personaje del alumno Souleymane, a quien, tras varios episodios de desobediencia e indisciplina, se le abre un expediente sancionador.

Una vez iniciado poco importan ya los debates éticos y pedagógicos sobre la efectividad de la medida y sus posibles efectos –expulsión del alumno y regreso a Mali–. El aparato institucional está en marcha y ya es imposible pararlo, es autónomo y se alza por encima de sus miembros. El expediente se incoa, la comisión de convivencia (órgano disciplinario) se constituye y, a pesar del alegato de la madre y de la oposición de alguno de sus instructores, el alumno es expulsado.

Pese a su propuesta casi documental, la película fue acogida con rechazo por el sector docente más conservador de la escuela francesa, alegando no verse reconocido en ese profesor que ‘traiciona’ los puntales básicos de la educación tradicional con su ‘relajada’ metodología didáctica basada en la abolición de las jerarquías rígidas e inviolables, democratización de los procesos internos al aula, transmisión bilateral de conocimientos, fomento de debates igualitarios y estímulo a la participación activa y autónoma del alumno.

Cantet y Begaudeau coinciden a la hora de decantarse por estos “nuevos” modelos pedagógicos (socráticos en definitiva) que sustituyen los cánones tradicionales fundados en la figura autoritaria del maestro que transmite sus conocimientos verticalmente mediante clases magistrales. Si algo concluye La clase es precisamente eso, la problemática lábil y confusa del alumnado del distrito 20 parisino, pero también del de cualquier instituto público madrileño –interracial, desequilibrado económica y socialmente, carente de referentes y valores unificados y de gran heterogenia académica, cultural y lingüística–, requiere una readaptación continua de las prácticas y métodos pedagógicos más allá del inmovilismo de quien por no aceptar los constantes cambios sociales sólo provoca segregación, discriminación académica e injusticia social. “Me gustaría que mis hijos tuvieran como profesor a François”, zanjó Cantet durante la presentación de “La clase”, ya que la suya es la única vía posible para dignificar la educación. Y aun así, por muchos riesgos que se asuman en el aula, la cima seguirá resultando inalcanzable.




ESCENA DAGUERROTIPO


El curso finaliza. El entusiasmo por el inicio de las vacaciones hace olvidar a profesores y alumnos lo vivido durante el último año entre los muros de una escuela pública. En la pared de un aula, una cartulina colorista resalta sobre el azul sanitario que cubre la estancia; en ella se distingue la silueta de cinco cabezas de diseño pop art radiográfico, con forma, tamaño y orientación asimétricas. El cartel no engaña, en el distrito 20 de París, el más multicultural de la capital francesa, no hay un cráneo igual a otro.
El profesor se despide, sonríe a los alumnos, incluso a aquellos –especialmente a éstos– con los que ha mantenido una tensa relación durante el curso. Todos bromean envueltos en una bruma de alivio y condescendencia. Nos vienen a la memoria los niños de la escuela unitaria de Saint-Etienne sur Usson, despidiéndose emocionados del maestro en la última escena del fabuloso documental “Ser y Tener” de Nicolas Philibert. En ambas películas la cámara acaricia la humilde satisfacción del docente tras aparcar su titánica labor. Una alumna aguarda nerviosa la salida de sus compañeros para acercarse al profesor.

“Profe”, confiesa, “durante este curso no he aprendido nada”. Philibert y Cantet en este punto divergen. Mientras el primero mantiene su confianza en el modelo de escuela republicana como único instrumento de dignificación social, el segundo –en la línea de Tavernier en Hoy empieza todo– nos arroja la imagen de Sísifo a través del rostro contrariado del profesor de Lengua. Educar no deja de ser un esfuerzo vano por alcanzar una cima a la que jamás se llega.




DÓNDE

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miércoles, 10 de noviembre de 2010

Recursos humanos. LAURENT CANTET. Francia, 1999.

“ Y tú…”, se cuestiona retóricamente Frank en la última escena del film; “¿cuál es tu sitio?”. Y el interrogante resuena en sí mismo pero también en todos y cada uno de nosotros. Dónde nos colocamos, nos pregunta, de qué lado estamos.

Si algo tienen las películas de Laurent Cantet es que son irrebatiblemente necesarias; casi ejercicios didácticos, divulgativos, que inciden en alguna de las muchas miserias -ni la mayor ni la menos importante y de una en una, pero siempre en profundidad- de este sistema económico y social que tanta mierda esconde bajo, y sobre, sus alfombras. En un tiempo en el que es casi imposible toparnos en los cines con nuevas realizaciones de las que se elaboran con intenciones reflexivas (benditos años 60 y 70) y en el que las obras “de autor” se centran más en desarrollos estéticos, de lenguaje cinematográfico o de reinvención de la imagen pero difícilmente en la reflexión social (excepto las películas que se imponen como meras denuncias o los ensayos de ideología y refuerzo políticos, que no por tender en ocasiones al panfleto dejan de ser igual de necesarios, de Loach, Costa-Gavras, Bertolucci o del Godard menos pedante entre otros), Cantet se postula como uno de los más agudos e incisivos observadores de la experiencia humana, individual, solitaria –y que parece acabar siempre en fracaso-, enfrentada a las anuladoras estructuras sociales.


En todas sus películas –descartando quizás su primer telefilm “Les sanguinaires”- Cantet consigue algo casi milagroso que muy de cuando en vez ciertos directores alcanzan a obtener con sus obras, algo que Bergman, el primer Antonioni o Buñuel conseguían con apariencia de sencillez o que Haneke parece haber heredado; eso de que el espectador salga de la sala no sólo agotado sino sabiéndose un poco más “tonto” que cuando entró, con muchas más dudas; incomprendiendo aún más el tiempo y el mundo en los que le ha tocado vivir.

Porque en las películas de Cantet la moralidad y los códigos éticos no poseen un carácter absoluto sino que van modificándose, mudando como una materia viscosa a lo largo del film. ¿Qué es más pernicioso, se pregunta, más incorrecto moralmente, aprovecharse del tercer mundo o acudir a él ingenuamente creando falsas esperanzas en quien posee como único activo su cuerpo? ¿Quién es el bueno o el malo dentro de un aula? ¿Qué es más injusto, más inicuo, despedir a tu propio padre o que éste te haya educado dándole la espalda a la clase social a la que pertenece?


Frank regresa a su pequeña ciudad de provincias tras estudiar economía en París para realizar las prácticas de fin de carrera en la empresa en la que trabaja y de la que depende la mayor parte de habitantes de la zona. Los años en la Universidad le han proporcionado una educación de la que sus padres se enorgullecen pero que al mismo tiempo los separa, los aleja; como alejado se siente Frank de sus antiguos amigos y vecinos.

En pleno proceso de reducción de la jornada de trabajo en Francia de 39 a 35 horas, Frank propone realizar un informe para analizar el impacto que dicha medida tendrá en la producción de la empresa. Su visión es utópica y sus intenciones justas, asépticas, demasiado académicas; tanto que su postura de bisagra entre la dirección y los asalariados lo convierte en el punto de mira de unos y otros.


Junto a Frank descubriremos la podredumbre de las relaciones internas corporativas, la doble moral que reina en las empresas, la indiferencia por el impacto social de sus decisiones, la manipulación del discurso, el lenguaje y la información; y de eso, claro, poco o nada se habla en las Facultades. La ingenuidad de Frank se desmorona hasta comprender que su informe no es más que una cortina de humo con la que ocultar una reducción de personal asociada a la deslocalización de parte de la producción al este de Europa; un expediente de regulación que afecta a buena parte de la plantilla y que incluye, aquí está la paradoja, a su padre.

LA ESCENA DAGUERROTIPO

Los puntales de Frank se han desmoronado, se sabe utilizado por la Dirección de la empresa que tanta paternalista y falsa confianza parecía haberle dado. Enojado, despechado, filtra a los sindicatos la información confidencial sobre la próxima reducción de plantilla, lo que desencadena una huelga por parte de los trabajadores.


Tratando de persuadir a los esquiroles para unirse al paro, el piquete del que Frank forma parte ocupa ilegalmente la fábrica y la recorre hasta llegar a la marca dentro de la cadena de montaje que ocupa el padre de Frank, quien ajeno a la huelga continúa trabajando.

Frank mira a su padre, se sabe incomprendido, rechazado por trabajadores y empresarios, ajeno a la atávica cultura provinciana de obrero de derechas inculcada por su padre, marioneta dentro de unas reglas de mercado de las que jamás ningún profesor le había prevenido. Mientras, su padre continúa trabajando sin hacer caso a los huelguistas, de manera mecánica, repetitiva, tuerca tras tuerca, como lleva haciendo 30 años, cumpliendo con su cuota y con el ritmo previsto dentro de una cadena de montaje ya paralizada. Frank le mira con desprecio, avergonzado. No puede soportar aquella servidumbre provinciana, aquella indignidad de obrero que agradece al empresario los azotes sólo porque le da de comer, aquella falta de conciencia de clase, aquella humillante y despreciable sumisión… Porque, como quiere preguntarnos Cantet, ¿qué es más injusto…?



DÓNDE

http://www.veoh.com/browse/videos/category/educational/watch/v15816690CywrRDZM
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http://www.mejorenvo.com/descargar-pelicula-2082.html