martes, 22 de marzo de 2011

Monográfico Daguerrotipo 6. Pedro Costa o el cine en los huesos.


Pedro Costa no es un director de masas, es evidente: durante el año 2009 se proyectó la totalidad de su obra en la Filmoteca Española y en los pases resultó difícil coincidir con más de 40 personas. Su nombre es conocido, planea por festivales y revistas especializadas, da que hablar, pero prácticamente nadie ha visto ninguna de sus películas. Tan injusto es que hasta el momento no se haya estrenado ninguno de sus trabajos en España como que, de pronto, Cahiers du Cinema o PhotoEspaña lo hayan encumbrado como uno de los grandes cineastas contemporáneos. Ni tanto, ni tan poco.
El interés de sus películas, como obras de arte contemporáneo, reside más en la hermenéutica, el análisis socio-antropológico, la interpretación que suscitan las relaciones humanas reveladas y el proceso de rodaje, que en la propia obra en sí; una obra hosca, árida, desapacible. Tal es así que la trilogía sobre Fontainhas (barrio chabolista lisboeta) y Vanda Duarte (protagonista de los tres filmes), columna vertebral de su cine, parece fabricada más para ser analizada por la crítica elitista que para ser vista; quizás por eso su cine se vuelve necesario, más por lo que muestra que por cómo lo hace. Cine necesario por el grado de compromiso con sus actores-no actores-modelos (como les llamaría el cineasta Robert Bresson), por saber mostrar sin filtros la marginalidad más íntima, por estructurar poemas río que se pierden en sus propios meandros sin intención de alcanzar ningún mar, por recurrir al más primario salvajismo fílmico, porque Costa puede recordar a Bresson, a Yasujiro Ozu, a José Luis Guerin, a Lisandro Alonso; pero resulta único… para bien y para mal.
Pocos autores son tan fieles a un estilo de y para museo y cinefilia "festivalera" como Costa, quien, pese a iniciarse en un cine sobrecargado de influencias clásicas, ha ido podando y simplificando tramas, guiones, puestas en escena y narrativa hasta alcanzar una propuesta personal que roza el vídeo casero, en el que los protagonistas ni viven ni actúan pero sí pululan como almas sin rumbo, y cuyos planos, pese a su promesa de estar “matemáticamente” medidos, no dejan de parecer aleatorios. Película a película se ha ido deshaciendo de todo lo vinculado a la industria cinematográfica, desnudando los rodajes y los equipos técnicos, liberándose de la idealización cinéfila, recurriendo al vídeo, a los rodajes pacientes, a los postulados de Jean-Marie Straub y Danièlle Huillet, a la concepción del cine como una profesión que obliga a trabajar a diario como quien acude al tajo, a la implicación casi absoluta con unos personajes y con un entorno que le aceptan por reconocerle como uno más. A pesar de esta realidad, Costa se resiste a su posición de outsider y declara que cree encontrarse más cerca de Quentin Tarantino que de Abbas Kiarostami. Extraña visión de uno mismo.

Pero Pedro Costa no siempre fue tan extremo es sus propuestas; su primera película, O sangue, es la obra pastiche de un joven punki treintañero que vive deslumbrado por Bresson, John Ford, Leos Carax… y que trata de aunarlos a todos en 90 minutos. El resultado es en exceso ambicioso pero rescatable, confuso pero evocador, lleno de sombras y misterio que esconden una belleza quebradiza y un romanticismo nostálgico que impregnará toda su obra posterior (marginalidad, compromiso radical con los personajes y el entorno, claroscuros, escenografías diagonales, secuencias interminables y cámara estática).
En 1994 Costa se traslada a Cabo Verde para rodar Casa de Lava, en una suerte de persecución de Jacques Tourneur que concluye con el abrazo a la estilización rosselliniana y su mezcla de ficción y realidad.
Al finalizar el rodaje, algunos caboverdianos cercanos al equipo utilizaron a Costa como mensajero y le entregaron cartas y regalos para sus familiares residentes en el barrio de Fontainhas, zona lumpen de la periferia lisboeta sobre cuyas chabolas pesaba una sentencia de demolición. Costa entró en el barrio y, como quien dice, no ha vuelto a salir.


“No sabría qué hacer en otra parte; sabía que me iba a quedar y que podría hundirme allí como un viejo punki; había ese riesgo, lo sentí, con la heroína”. En el barrio rodó sus dos siguientes películas, Ossos y No Quarto da Vanda, y una vez demolido el poblado, siguió a los vecinos en su realojo en Juventude em marcha. Su filmografía se completa con el corto Tarrafal, la obra colectiva Memories y dos documentos, Onde yaz o teu sorriso y 6 Bagatelas, sobre el proceso de trabajo de los Straub.
La trilogía de Vanda
Tras regresar de Cabo Verde, Costa entra en contacto con los habitantes de Fontainhas, creándose un vínculo que vampirizará completamente su cine y convertirá el poblado en un estudio del cine resistente. De la necesidad de rodar con los habitantes del barrio nace Ossos, un estremecedor y poético retrato de la marginalidad, en el que la flaqueza y fragilidad de los actores-personajes es tan palpable, tan real, que Costa asegura que Nuno Vaz (quien interpreta al padre toxicómano que trata de deshacerse de su hijo) le confió que no sabía si podría acabar la película ya que se sentía más frágil que el bebé que llevaba en brazos. En Ossos participa Vanda Duarte, una joven toxicómana que reprende a Costa por no haber mostrado el verdadero barrio. Con esta premisa, tal y como Kiarostami hace en Y la vida continúa, regresa a Fontainhas para sentir sus últimos estertores junto a sus vecinos. Durante dos años, sirviéndose de Vanda como articuladora central de la descomposición, filma la memoria de los escombros y el vacío de las ruinas de un barrio y unas almas en proceso de demolición; una fe de vida y muerte.


Desde No Quarto da Vanda se extrema su compromiso de hacer corresponder el cine con la realidad, y de mostrar un hábitat y una cotidianeidad pura. Pero aún hubo más, “tengo miedo de irme del barrio, no tengo ideas para nuevos guiones”, y, como respuesta a ese miedo, nace Juventude em marcha. Ya no hay chabolas sino edificios higiénicos y encalados que asfixian a los antiguos habitantes de Fontainhas tras ser realojados en la impersonalidad urbana, donde vagan desheredados, con el rumbo perdido, repitiendo desesperadamente una y mil veces el mismo argumento hasta podarlo de contenido, convirtiendo la poesía en hastío, desnudando hasta los huesos las imágenes. 

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